'Aputoi, canción de un solo tiro': La historia del nuevo disco de Velandia

Dos pistas: es una canción de una hora grabada en vivo, y ni él, ni los músicos, ni los asistentes sabían qué iba a pasar.

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oct. 30 2015, 8:52pm


Cartel de invitación al acabose. Todas las imágenes de la pluma de Edson Velandia.

El domingo 16 de agosto de 2015, ante 150 personas apretadas entre las calurosas paredes de Matik Matik, Edson Velandia convocó a nueve músicos y dos actores para interpretar la misma canción durante una hora. Aventado, sin caer en las trampas del maquillaje, no le dio tregua al asunto y dos meses después pone en circulación un disco que contiene una de las sesiones más conmovedoras de la historia musical de esa fabulosa cantina del barrio Quinta Camacho de Bogotá, donde también se han registrado veladas memorables como la grabación de 'Toma tu jabón Kapax', el primer mordisco de Los Pirañas, y Kalimán, la vertiginosa reunión entre Los Toscos y el saxofonista Tony Malaby. La tonada –exagerada y laberíntica– se llamó 'Aputoi: canción de un solo tiro'.

¿Una canción de una hora?

No tengo noticia de ninguna pero sí albergo el recuerdo de haber escuchado piezas extensas de Yes y Jethro Tull que no eran otra cosa que intentos alambicados por enfundarle un traje sofisticado y sinfónico al rock. Aunque mi devoción por estas bandas continúa intacta, debo confesar que nunca más volví a esas canciones de largo aliento. Preferí, entonces, las desprolijas, las menos virtuosas, esas que en un santiamén explotan el cerebro en mil pedazos. Ahora bien, ¿cómo sería una canción de una hora dirigida por Edson Velandia? La invitación era suficiente para deshacerse de mi prejuicio adolescente y, por supuesto, del hastío dominical, esa tremebunda sensación sobrenatural que pesa sobre los mortales el primer día de la semana.

La noche del 16 de agosto de 2015 buena parte de los hipotéticos asistentes al recital se estarían dando una vuelta por Rock al Parque, que en esa jornada presentaba un cartel muy atractivo encabezado por Atari Tennage Riot, Dub de Gaita, Sierra Leone's Refugees All Stars, Mitú, Los Pericos y Nortec Collective. Otros ya estaban planillados en un concierto clandestino de Celso Piña en Solar, un bar nuevo de La Macarena, y el grueso del público sucumbiría a la modorra de esa tarde que, aún siendo festivo, no dejaba de ser la de un domingo. Sin embargo, a eso de las once, cada resquicio de Matik Matik fue habitado milimétricamente por 150 entusiastas que aguardábamos con expectativa la sorpresa reservada para nosotros por el cantautor, compositor y palabrero piedecuestano. El mismo que tuvo la osadía de dirigir la solemne Big Band Bogotá con un machete; el que atravesó Latinoamérica con su banda para sacrificar en la Patagonia la máscara de un burro fantasmagórico; el del humor cínico y las baladas inmisericordes; el que imaginó Sócrates –el lisérgico disco de música para niños; el de los retruécanos y los juegos de palabras; el que escribió “La muerte de Jaime Garzón”; el del Cancionero rasqa; el de la ópera que cuenta las desventuras de un señor que no puede cagar. El mismo indomable que le huye a la comodidad, se disponía esa noche a lanzarse de nuevo al abismo.

Ni él ni los músicos ni los asistentes sabíamos qué iba a pasar.

Antes de empezar ya estábamos sofocados. Los modestos ventiladores del lugar repartían ráfagas momentáneas de vaho fogoso y espeso. La calentura me trajo a la memoria los remates descomunales del Festival Petronio Álvarez en el Hotel Los Reyes de Cali. Lejos del trópico real, teníamos el nuestro en pleno corazón de Chapinero.

Edson Velandia se acomodó el pelo, alzó los brazos y le soltó la primera indicación a la fanfarria sudorosa. Lo que sonó se parecía mucho a eso que ya habíamos apreciado años antes cuando dirigió la Big Band Bogotá en Jazz al Parque o la Velandia Bin Ban en el Distritofónico: un punzante groove minimalista, rockero y ajustado. En seguida sobrevino un ataque punkero que descansó en un vals melancólico. En eso ya habían pasado veinte minutos, tiempo que se tomó el prestidigitador para anunciarnos los tres motivos rítmicos y melódicos (rock-rasqa hipnótico, punk desaforado y el vals quejumbroso) que durante una hora apagaría y prendería, guiado por su bendita intuición. Como un corifeo poseído sacó unos carteles que invitaban al público a reírse de la banda, a aplaudirla, a insultarla, a repetir ese coro perturbador que entonaron intermitentemente Juanita y Valentina, Las Áñez, dos cantantes bogotanas que, para nuestra fortuna, no sufren el famoso SCB (según Keith Richards: el síndrome del cantante de banda).

“Siiiiiiiiiii… nooooo”, cantamos al unísono. Parecía una misa. Y nadie sacó cámaras, y nadie grabó desde los celulares. Extraño panorama. Todo indicaba que el director del festejo nos tenía agarrados del cuello.

Entonces Velandia, o el personaje que él representaba esa noche, “coqueteó impúdicamente con una de las cantantes” y esta le respondió con insolencia premeditada. Y escuchamos versos imposibles –octosílabos de siete sílabas– de los que se valió para revelar con humor y dramatismo parte de su prontuario biográfico: “Yo me dio un pulmoní/ Me curé con yerbabué/ Yo sufrí una gonorré/ Apliqué penicilí/ Yo me dio una disfoní/ Me alivié con guapané/ Yo escribí una sinfoní/ Y extravié la partitú/ Me partí una coyuntú/ Y toque la baterí/ Me escribí una novelí/ Pero la dejé incomplé/ Yo siempre he sido engreí/ Yo nunca he sido modés/ Yo topo rimas modér/ No tomo rimas prestás (…) Me han decío guerrillé/ Por mi canto campesí/ Me han tildáo de apatí/ Por no luchar por ni mier/ No lucho ni por ni mier/ Ni a mis enenemí odié/ Si me quieren dar puel cu/ Yo les hago brujerí”. Y de repente, como un fantasma, apareció de la nada Joe Broderick en el público. Desenfado y pausado, el escritor y traductor de origen irlandés que escribió la biografía de Camilo Torres y fue fichado por los organismos de seguridad colombiana como “sujeto sospechoso” se despachó sin más un fragmento de As you like it de Shakespeare. Se hizo el silencio y su voz macerada en bebidas espirituosas nos sosegó, nos permitió tomar el aliento necesario para sobrevivir a lo que faltaba.

La banda compuesta por miembros de La Revuelta, Mula, Meridian Brothers, La Mercosur, Pedrina y Río, 1280 Almas, Suricato, Los Toscos, El Ombligo y Romperayo continuó con sus malabares insospechados: Juan David Castaño, el percusionista, tocó una corneta destemplada e hizo vibrar el aire con un zumbador casero. Sebastián Rozo, el del bombardino, se sacó del bolsillo un megáfono e improvisó un rap ininteligible. El guitarrista Kike Mendoza y el pianista Ricardo Gallo metieron ruido surfero, Santiago Botero y Camilo Bartelsman sostuvieron la retaguardia rítmica sin parpadear un solo instante, y María Valencia, la saxofonista, ajustó un par de soliloquios taberneros –al mejor estilo de Ralph Carneyen la coda de ese vals triste donde Velandia, cáustico y desgarrado, se aventó a contarnos su primer embate sexual: “Yo le dije a la pelá, que se llamaba Claú/ ¿por qué es que tanto le apú esas cosas a esta ho?”/ Ella dijo: “mientras ud estrenaba los cartúch/ Yo miraba los pituf por la antena paraból/ Y a los enanos azú les dijo la Pitufí:/ que yo sea la única mú no sería la pena mí/ pa que sacien la utopí arréglense con la izquier”.

Cuando todo parecía consumado, Velandia leyó un monólogo desvariado y Las Áñez recitaron algunas coplas lujuriosas extraídas del libro Ají chivato, un clásico bumangués de la picaresca erótica, escrito clandestinamente en 1977 por un tal José Sant-Seyer. Al término de esta retahíla juntos desembucharon versos desesperados y sarcásticos: “Soy apático a la ruina y a la plusvalía/ Al gentío fanático, a la filantropía/ Yo me río de mi lío (...) la utopía no es la mía./ Liebre no soy, ni morrocoy/ Yo estudié con Atehortúa/ Que sabío y curtío dició/ Buenas tardes, buenos días, la utopía no es pa yo”. A esa altura el vals se hizo más triste. De entre las sombras, César Badillo –actor del Teatro La Candelaria– improvisó apartes de El Quijote y Si el río hablara, dos de los montajes más recordados de la legendaria compañía teatral. Lo de Badillo, quien se retorcía al compás del vals doloroso, fue intenso, enloquecido y colérico. Parecía un profeta energúmeno vociferando una liturgia, presidiendo una suerte de catarsis comunal.

Cuando la banda interpretó la última nota, despertamos del trance. Solo “Ausencia”, ese paseo demoledor de Jorge Oñate, nos trajo de nuevo al mundo, al piso sudoroso de Matik Matik.

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La que iba a ser en principio una sencilla canción acerca de la utopía –comisionada por la Corporación Más Arte Más Acción dentro de las actividades reflexivas de su plataforma Minga: explorando la utopía– se convirtió en una monumental obra en la que Edson Velandia echó mano de toda su pericia con las letras y los métodos de composición asociados a la música aleatoria, aquella donde el azar y la improvisación determinan la estructura de una obra que, en este caso, jamás se volverá a repetir de la misma forma. Esto quiere decir, básicamente, que nunca se volverá a interpretar en vivo. Para eso el compositor y Benjamín Calais el francés alcahueta que desde hace cinco años mueve los hilos de Matik tuvieron la delicadeza de materializar uno de los momentos creativos más estremecedores que hemos vivido en este garito de Chapinero con un disco grabado por Daniel Restrepo, el bajista de Fatso.

En Aputoi: canción de un solo tiro, Velandia evita el activismo político y se exime de ideologías. Su reflexión sobre la utopía –que en últimas es una confesión nihilista y desengañada– transita los terrenos de la comedia y la caricatura. En estos tiempos de retoque y artificio viene bien una canción honesta, cruda y disparatada como Aputoi que parece haber sido imaginada mucho tiempo atrás por León de Greiff, a quien el mismo Velandia, en su momento, dedicó La lengua del león (2011): “Otra canción/ he de cantar,/ ingenua (…) Canción que nada diga/ y apenas sí sugiera./ Que nada diga/ más deje en los oídos/ vaga impresión insegura de leyenda/ y de quimera (..)”. Así lo escribió el poeta paisa cerca del río Cauca en junio de 1926… así lo cantó el piedecuestano en Bogotá el 16 de agosto de 2015. Son los avatares del destino.

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Aunque 'Aputoi: canción de un solo tiro' no se volverá a tocar jamás, el disco que contiene la mítica grabación será estrenado en Matik Matik, el mismo lugar donde fue concebido. Será la noche del 30 de octubre de 2015 en la Fiesta Bestia donde, además de Edson Velandia, tocarán Mula y la nueva formación de Los Animales Blancos. Más info del evento aquí.