El Dorado de Aterciopelados: 20 años de un himno nacional

"El Dorado es un cancionero visionario que celebra nuestras muchas sangres y que, como metáfora, derrumba las tantas fronteras que nos separan como colombianos".

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nov. 23 2015, 2:30pm



El Dorado, para mí, significa muchas cosas.

En primera instancia, nostalgia.

Significa tener 14 años e ir en el bus del colegio, y de fondo escuchar el verso de una chica rapada, tatuada y desgarbada, pronunciando la palabra “cagaste” en plena radio nacional. En tu cara. Significa un CD que te prestaron para pasar a cassette espichando REC y PLAY al mismo tiempo en una grabadora AIWA. El retrato de una ciudad que también es tuya, pero a la que no le conocías esa tripa ni esa calle. Significa la alegría de abrazarse con amigos y cantar "Sueños del 95" en pleno 1995, entonados todos por esos primeros rituales etílicos y marihuanos, pecho henchido como si fuera un himno nacional.

Y es que lo es.

El Dorado es El Dorado.

Es un tesoro que cambiamos por espejos en el camino hacia la Patria.

La de los Atercios siempre me ha parecido una bonita leyenda, una especie de Romeo y Julieta a la colombiana, de dos sujetos con destinos aparentemente atravesados que se tomaron de la mano y en contra de todas las corrientes, asumieron la pregunta fundamental (aunque ellos dirían que solo jugaban): Colombia.

Su unión ya es todo un frente nacional. El chico del sur de Bogotá, de sangre campesina boyacense, hijo de la tendera del mercado del barrio. La chica del norte, de padres paisas y conservadores, con fincas y zapatos importados. Con el estruendo de la guerra colombiana como telón de fondo para su mitología, entre las bombas y los carteles de SE BUSCA PABLO ESCOBAR, Héctor y Andrea traicionan sus destinos: él, el de ser el "hombre de la casa" y dedicarse a la tienda para cuidar de su madre y de su abuela y de aquella casa grande en el Restrepo con gallinas en el patio (esa misma casa grande en donde también nacería La Pestilencia, otra fundacional). Ella, uno peor: el de ser una "dama". Entonces se conocen en medio de aquellos años “mágicos y salvajes”, como muchas veces me lo dijo Héctor, se enamoran y se escapan juntos de sus casas para montar un bar desde donde se detonaría una escena que cambiaría para siempre el palpitar de nuestro trasegar por estas montañas de Bacatá.

La gesta de los Atercios es bella, y lleva consigo los sonidos de una patria más sensata.

"Candela". Ese perillero bastardo de la cumbia, arisco y selvático, de tamboras y riffs alevosos, arrechos, como el sexo salvaje y animal en un trópico de asfalto. Ese "Bolero Falaz" cantinero y melodramático, una canción que sirvió para exorcizar el mal de amor que cargaban ambos por el fin de su noviazgo. Ese "Siervo Sin Tierra", tan vigente, un joropo que desde su título, que es el mismo de la novela de Caballero Calderón, carga con la soledad del campesino, casi fantasma rulfiano, condenado a ser el coime de los que lo explotan y destierran y desmiembran. O que lo hacen carne de cañón de su guerra feudal. Ese "Pilas", que habla de la limpieza social. Ese catálogo turístico que es "Colombia Conexión", que celebra la pitaya pero sin negar el ataúd. Ese "El Diablo", que retrata los rituales de rosarios que limpian pecados capitales. Ese "El Dorado" que habla sobre el verdadero corazón de la bandera, ese espíritu que nos robamos a diario y que quizás ha sido el mismo que los Atercios se han ocupado en explorar desde aquel disco: la identidad mística de esta tierra sagrada. El oro espiritual como tótem contra la guerra última que azota a esa “pobre Colombia irredenta, desnuda fría y hambrienta”, que es en últimas nuestro eterno retorno colonial.

El Dorado es un cancionero visionario que celebra nuestras muchas sangres y que, como metáfora, derrumba las tantas fronteras que nos separan como colombianos. Es una estaca contundente que atraviesa tiempos y espacios, clases y géneros, tribus y razas. Es un gran baile nacional. Y por eso, siempre he pensado que, como documento, debería ser remplazado por aquellos textos escolares de historia patria.

Yo este himno sí lo canto, con el pecho henchido y desde hace 20 años.

Y es que “Ay… qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano”.


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"El Dorado: 20 años - Un Tributo a Aterciopelados", es un proyecto de la fundación Barrio Colombia que busca conmemorar el legado de uno de los discos más importantes del rock colombiano a través de un LP con artistas invitados que reinterpretan las canciones del disco y un libro en el que algunas plumas iberoamericanas evocan la importancia del álbum, del que este texto hace parte. Entérese del proyecto por aquí y compre el tributo en preventa por acá.