The Speakers (1965): El primer disco de rock en Colombia cumple 50 años

Reseñamos el disco fundacional del rock en nuestro país.

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oct. 13 2015, 11:00pm



Rebobinando. Cuando las pantallas de las antiguas catedrales que fueron los enormes teatros bogotanos proyectaron películas sobre jóvenes rebeldes, con Brando o Dean rompiendo corazones, algo se quebró para siempre en el espíritu de la nación. La música que brotaba de los parlantes acompañando las escenas más estrepitosas, y que jamás había sonado nunca en el territorio colombiano, detonó al instante en las mentes más atentas e inquietas. Era un llamado a la acción. Luego la radio hizo lo suyo pasando esa misma música en programas de media noche; el rock and roll, esa música que los comunistas colombianos calificaron de invento del imperio para alienar a la juventud, empezaba a hacer historia patria.

La cosmología de nuestro rock encuentra muchos nombres de estrellas de afuera pero muy pocos nacionales en sus orígenes: junto a Elvis Presley, Bill Halley, Palito Ortega, Enrique Guzmán y los Teen Tops aparecen visionarios como Jimmy Raisbeck, Carlos Pinzón y Alfonso Lizarazo, hombres de radio que saciaron la sed de rock and roll que tenía la muchachada; en cambio, nombres como Brando Ortiz, los Rebeldes, los Danger Twist y los Dinámicos son más que un mito gracias a la memoria de algunos protagonistas y testigos de la época, y a los archivos de prensa. Desafortunadamente, no existen (o no se conocen) registros sonoros de su música.

No era fácil, como no lo fue durante muchísimo tiempo, grabar un sencillo y ponerlo a sonar en las emisoras; tampoco era fácil hacerse a una guitarra eléctrica, un bajo o una batería, pero los rockeros se dieron maña: durante un tiempo bastaron un buen carpintero que diera forma al armatoste del instrumento, un micrófono desvalijado de algún teléfono público y un buen bafle. El deseo siempre venció a la precariedad, a veces con un poco de ayuda del azar.

En 1964, con el planeta Beatles ya orbitando el sol, quiso la fortuna que una de las bandas más destacadas de Chapinero fuera elegida para telonear a la estrella del rock and roll mexicano Enrique Guzmán: los Dinámicos, liderados por Humberto Monroy y Fernando Latorre. Entonces fueron los empresarios del concierto quienes quisieron “engordar” el sonido del grupo, para que estuviera “a la altura” del evento, uniéndolos con otra banda llamada los Electrónicos, integrada por los hermanos Luis y Édgar Dueñas, entre otros; nacían así los Speakers, padres responsables de todo lo venidero. Una pizca más de suerte aportó a la causa el ingreso de genial multiinstrumentista sevillano Rodrigo García.

El concierto con Guzmán se celebró en La Bomba, una discoteca que abarrotaban las figuras de la televisión, la política y la sociedad de la prensa rosa, además de los jóvenes aficionados al rock and roll, por supuesto, una música que los mismos medios se habían encargado de establecer como una moda pasajera, sin saber que de moda tenía muy poco y que jamás iba a marcharse. La Bomba, al igual que otras discotecas y grilles veía desfilar a decenas de bandas de “música moderna”, como se le llamó entonces, pero ninguna con la calidad sonora de los Speakers. Aun así algo faltaba para que ellos no corrieran con la misma suerte de los Danger Twist, de quienes se tiene buenos recuerdos pero no se sabe cómo sonaban; faltaba un disco que pusiera a prueba su destino y así le demostrara a la historia de qué estaban hechos. Entonces apareció el Sello Vergara.

Tal vez, pensando en sacarle provecho y plata al furor que el rock and roll generaba en todas partes, Sello Vergara, más afín a sonoridades tropicales y andinas, apostó por la banda del momento y editó el primer álbum de los Speakers; dicho de otra forma, aunque los Daro Boys, los Hermanos Ferreira e incluso Carlos Román y el mismísimo patriarca de la música caribeña colombiana, Lucho Bermúdez, se habían aproximado al rock and roll, la edición del disco homónimo de la banda, The Speakers, en 1965, empezó a escribir la historia de nuestro rock. De eso ya hace medio siglo.

La tapa del LP 192 de las Industrias Fonográficas Sello Vergara presentaba a cinco jovencitos vestidos de paño negro, corbata y chaleco, posando en las inmediaciones de la Estación de la Sabana: al frente de una locomotora humeante, al interior de un vagón o encima de andamios, intentando emular, quizás, en el eterno otoño bogotano de entonces, la languidez de un invierno de Liverpool o Londres, siempre con sus adorados Beatles como referentes. Al respaldo, también en blanco y negro, la mitad de las caras de Rodrigo García, Humberto Monroy, Oswaldo Hernández, Luis Dueñas y Fernando Latorre, cubiertas por la sombra, los presentaba en sociedad de forma oficial.

El repertorio, cincuenta años después, sigue sorprendiendo. La cara A del disco iniciaba con “El golpe del pájaro”, un demoledor tema de los Trashmen, históricamente conocido como “Surfin’ bird”, en el que Luis Dueñas se desgañita mientras Humberto, Rodrigo y Oswaldo lo respaldan con coros casi infantiles. En seguida, Rodrigo, Humberto y Luis, cantan una versión castellanizada y beat de “Did you ever” de los Changin’ Times, antes de darle paso a la primera canción original del quinteto: “Tendrás mi amor”, una preciosa e inocente balada de Monroy y García, que ya anunciaba las posibilidades del bogotano y el español como creadores de canciones y armonías vocales, en la que, además, García se le mide a tocar tiple buscando una sonoridad similar a una guitarra folk de 12 cuerdas. Luego, el instrumental “Ciudad sumergida”, original de los españoles Los Relámpagos, destaca a Luis Dueñas como un guitarrista líder aplomado y estoico.

La que sigue es una de las dos brillantes versiones que hacen de los Beatles en el disco: “I need you” de George Harrison pero en la voz de Rodrigo García, con su nasal característico. La letra en español, aunque no está acreditada, casi con seguridad, es de Humberto Monroy, cuya capacidad para adaptar letras al castellano fue creciendo a tal punto de convertir, años después, esa joya llamada “How can I tell you” de Cat Stevens en uno de los caballitos de batalla de Génesis, su máxima creación grupal ya en los setenta. La primera cara del disco cierra con la banda revisitando de nuevo a Los Relámpagos y el instrumental “El twist de los siete hermanos”, con García y Latorre frenéticos delante del Hammond y la batería, respectivamente.

La cara B del álbum debut de los Speakers abre con ese himno inmarcesible del rock and roll latino que es “La bamba” en la voz de Monroy y un guiño a “Twist and shout”. En seguida despachan una contundente versión de “Can’t you see that she’s mine”, de los Dave Clark Five, bautizada como “Puedes ver que ella es mía”, con el órgano reemplazando el delirio del saxofón en la original. Después vuelven sobre los Beatles para recrear “Every Little Thing” de McCartney, una vez más, por obra y gracia de la candidez lírica de Humberto Monroy. Y luego regresan sobre el repertorio de los Trashmen para hacer “El rey del surfin” en la voz de Luis Dueñas, esta vez mucho más cercano los baladistas que al canto gutural del tema de apertura.

“Dona dona”, una preciosa canción de teatro ídish, es la última versión del disco, que llegó a oídos de los Speakers, quizás, vía Donovan. El primer álbum de rock colombiano íntegro concluye con un tema de Rodrigo García titulado “M.S. 63-64”, en el que, sobre una marcha de pop instrumental, construye una melodía con filigrana para armonio y pianifás, casi anunciando esa exuberancia barroca tan personal que fue desarrollando a lo largo de su obra. La hibridez del primer álbum de los Speakers es rara y adelantada, y se expande a los dos discos siguientes, entonces bien vale preguntarse cómo carajos llegaban esas canciones a sus oídos, qué programaba la radio y qué discos licenciaban las disqueras de entonces.The Speakers se vendió tan bien que alcanzó a ser Disco de Oro (cuando eso era un indicador de algo muy importante y no de la miseria) y la banda fue fichada por Discos Bambuco, una compañía más grande. Con el nuevo sello editaron tres discos y algunos sencillos de rock, en los que fueron encontrando su propio sonido como conjunto e individuos, a pesar de los cambios sufridos al interior de la banda. El espíritu beatle se fue modificando hasta tornar en autonomía, creación, experimentación y autogestión; justamente, su canto de cisne fue ese disparate fantástico bautizado En el maravilloso mundo de Ingesón, pionero de tantísima cosas. Tras los Speakers, muy pocas bandas cumplieron ese sueño de grabar discos en ese periodo como los Flippers, los Young Beats, los Yetis o los Ámpex, todas con un sonido característico que las hizo diferentes.

A medida que el contexto y la geografía fueron calando en los músicos, la denominación de origen se hizo más fuerte. Las temáticas de las canciones se hicieron más profundas y reveladoras. El rock dejó de ser un asunto de las páginas sociales para transformarse en un elemento movilizador y creativo. Fue tan duro y flirteó tan fuerte con lo escandaloso y lo prohibido que esas mismas páginas lo proscribieron. Pero se mantuvo en pie. A pesar de todo, de la fuga creativa, de la muerte, del mal del olvido y el desinterés de los mismos rockeros colombianos por escarbar en la memoria colectiva, el rock nacional germinó hace 50 años a través de un disco que bien puede ser considerado su partida de nacimiento.

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En este momento, junto a otro combo de gente de la Fundación Barrio Colombia, Umberto trabaja para hacer realidad el tributo a los 20 años de 'El Dorado' de Aterciopelados, entérese de qué se trata por aquí y lea otro de sus textos por acá.