El Expreso del Hielo: La leyenda del tren con el que Manu Chao recorrió Colombia

Reconstruyendo la leyenda de aquel tren mágico que en 1993 recorrió Colombia cargado de saltimbanquis y un francés soñador y delirante.

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dic. 15 2015, 12:09am

Foto y Thumbnail por Milton Meneses Noriega

Hace 22 años, Manu Chao pasó la navidad en Colombia a bordo del Expreso del Hielo, un tren que recorría las vías abandonadas que conectan a Santa Marta con Bogotá. Lo acompañaba un tropa de cirqueros, artistas y músicos; franceses, españoles, argentinos, brasileros, italianos y colombianos que, con la ayuda de un dragón mecánico que escupía fuego y una máquina de nieve artificial hecha en la Universidad Nacional, ofrecieron espectáculos gratuitos en Aracataca, Bosconia, Barrancabermeja, La Dorada y Facatativá.

Hasta ahí va la historia que está documentada tanto en el magazín dominical de El Espectador, diario que en el 93 cubrió el recorrido de seis semanas del tren por Colombia, como en un libro llamado Un tren de hielo y fuego, escrito por Ramón Chao, padre de Manu Chao. Luego viene el mito: Que Manu Chao vivió en Bogotá, precisamente en El Cartucho. Que fumaba Basuco y que se lo compraba a un niño, el mismo niño negro que aparece en el video de Señor Matanza.

Hace dos años me di a la tarea de reconciliar la historia y el mito y fue así como conocí a Carlos Rojas, un profesor de teatro, de cabeza afeitada y barba hasta el pecho, quien fue el encargado de construir el famoso dragón y estuvo presente durante todo el recorrido del tren. Así también conocí a Héctor Calderón, un arquitecto flaco, alto y de voz suave que hospedó a Manu Chao en su casa de La Candelaria mientras se hacían todos los preparativos para la partida del tren. Por último me encontré con Claudia Arcila, la ex periodista que estuvo encargada del cubrimiento del Expreso del Hielo para el Magazín Dominical de El Espectador.

Acompañado de mi grabadora, toqué las puertas de estas tres personas, que ya rondan los cincuenta, y me contaron casi todo lo que recordaban acerca del paso de Manu Chao por Colombia. Hace un par de semanas encontré la grabadora en uno de los cajones de mi mesa de noche. Es una de esas Sony negras que se agarran como banano, mi fiel compañera de universidad. Le puse las pilas de un control remoto y, temiendo haber perdido el material, le di play. Ahí estaban: mis tres conversaciones con los testigos directos del paso de Manu Chao por Colombia.

Todas las fotos en blanco y negro fueron tomadas del fotoensayo 'Un train de glace et de feu', de Emanuel Bovet.

La entrevista con Carlos Rojas es la primera que tengo registrada en ese aparato. 80 minutos de conversación ambientados por el ruido de la Carrera 13 durante la primera mitad y un aguacero en la segunda parte.

Durante el Festival Iberoamericano de Teatro del 92, Carlos Rojas fue el encargado de hacer el montaje para la Royal Deluxe, una compañía francesa de teatro callejero que había viajado desde Nantes hasta Caracas a bordo de un buque llamado Melquiades. El buque, que era lo suficientemente grande para albergar una réplica de una calle de dicha ciudad francesa, hacía parte de la gira Cargo 92, un proyecto financiado por el gobierno francés como parte de la celebración del quinto centenario del descubrimiento de América. A bordo del Melquiades viajaban dos compañías de teatro, una de danza y un grupo de rock llamado Mano Negra.

«Fue ahí donde conocí a dos personajes muy importantes: 'Cocó' que se llamaba Didier Jaconelli y era miembro de Royal Deluxe y el otro es Manú”, me dijo Carlos, quien se refiere siempre a Manu Chao como “Manú“ en esta grabación. El 18 de abril de ese año Carlos, Cocó y Manu (¿Manú?) presentaron en la Plaza de Bolívar La verdadera historia de Francia, obra de la compañía Royal Deluxe que estuvo acompañada por un concierto de Mano Negra. Un grupo que, según Carlos, nadie conocía en Colombia en aquella época. “El día del concierto, la gente estaba esperando un grupo de rock francés con toda la pompa. Se encontraron con un grupo de chinos sucios que venían por tierra desde Cartagena, jalaban sus propios cables, cantaban en español y tocaban salsa. Quedaron desconcertados, pero se formó tremenda rumba”, nos contaba Carlos a mí y a mi grabadora.

Tras la presentación, Cocó, un cirquero anarquista francés que tenía una cicatriz en la cara y una chucha terrible, se quedó unos días más viajando por Boyacá y, antes de irse de Colombia, le comentó a Carlos sobre la ironía de un país en el que están las vías pero jamás pasa el tren.

Durante las siguientes semanas, Cocó, Manú y Carlos intercambiaron correspondencia mediante la cual fue tomando forma un proyecto que consistía en restaurar un tren que recorrería las vías abandonadas que conectan a Santa Marta con Bogotá, deteniéndose en varios pueblos para ofrecer un espectáculo con música, efectos especiales, circo y teatro. El recorrido finalizaría con una entrada victoriosa, a bordo del tren, hasta la Plaza de Bolivar. “La idea era un poco inspirada en el regreso de Melquiades y sus gitanos a Macondo, así que decidimos ponerle el Expreso del Hielo”, recuerda Carlos en un café que ahora sólo existe en mi grabadora.

En enero de 1993 Cocó, Manú y Antonio (hermano mayor de Manu Chao) regresaron a Colombia con un patrocinio de la Asociación Francesa de Acción Artística (AFAA). Carlos, por su parte, había conseguido apoyos de Ferrovías y Colcultura, el Instituto colombiano de cultura . Era el momento de armar un equipo para restaurar una locomotora y 21 vagones fuera de servicio que Ferrovías había donado a la causa.

La grabación me recuerda lo incómoda que fue esa entrevista con Carlos. La conversación es un tira y afloja entre mi deseo por saber más acerca del día a día de Manu Chao en Bogotá y el esfuerzo deliberado de Carlos por proteger la intimidad de “Manú”, a quién considera su hermano. En un punto de la grabación le pregunté por el nombre de un corrientazo de San Victorino en el que Manu Chao y él solían almorzar, Carlos me contesta que, a pesar de saber el nombre, no me lo va a decir porque a Manú no le gustaría que esa información se supiera. Él, y por extensión Manú, se oponen a toda esa “estupidez del culto a la personalidad”. Los últimos 20 minutos de la grabación son una discusión sin fin en la que yo trato de convencer a Carlos de que soportar las miradas de los curiosos es uno más de los gajes del oficio de quienes se han hecho una carrera a punta del reconocimiento público y el barbado profesor de teatro intenta explicarme el dolor que le produce a Manú, el hecho de no poder salir a tomarse una cerveza en una tienda cualquiera del centro de Bogotá sin ser reconocido. Es como si Carlos hubiera preferido que su amigo Manú, el cantante de Mano Negra, nunca se hubiera convertido en Manu Chao, el solista que yo escuché por Radioacktiva y que sale en un episodio de Live from Abbey Road.

Pero tuve suerte. El aguacero mantuvo a Carlos en la mesa durante casi una hora y media. Tiempo suficiente para que Carlos compartiera, casi por error, algunas de los anécdotas que ocurrieron mientras Manu Chao estuvo en Colombia. Como la del día en el que Manú lo acompañó a El goce pagano, el bar de salsa donde conoció y quedó fascinado con la música de Fruko. O la de una noche en la que, mientras discutían acerca de la situación del país en una mesa del mismo bar, surgió la idea de crear una obra que girara alrededor de un personaje llamado Señor Matanzas.

El tiempo también alcanzó para que Carlos me ayudara a encajar una de las piezas del mito, la de ese niño que aparece en el video de Señor Matanza. «Ah, Honder. Claro. ¿Qué será de la vida de Honder? Yo creo que ya está muerto», me decía Carlos en la grabación cuando le pregunté por ese niño que baila, y lo hace muy bien, en el video que Mano Negra grabó en Bogotá en 1994.

Carlos no recuerda exactamente en qué parada conoció a un niño moreno que con sus pasos de baile se ganó la atención de todos los tripulantes del tren. Pero sí recuerda que Honder, como se presentó el niño, que además afirmaba ser huérfano, se unió al grupo que viajaba a bordo del Expreso, se perdió en una de las siguientes paradas y reapareció misteriosamente en La Dorada. «Honder llegó con nosotros a Bogotá y se quedó un rato más con Manú, quien le cogió mucho cariño y hasta se lo quiso llevar con él a Europa, pero finalmente no se pudo porque no encontramos a nadie para que firmara los permisos». «¿Y por qué dice que seguramente Honder ya está muerto?», le pregunto a Carlos en la grabación. «Hombre, Honder era un niño muy talentoso y muy simpático, pero también tenía muchos problemas», me contestó Carlos. «Era muy desobediente y muy loco. Finalmente lo dejamos viviendo en la casa de una amiga en Bogotá. Cuando Manú volvió en el 94 para grabar el video de Señor Matanza, Honder ya se había vuelto a escapar. Luego apareció en plena grabación. Fue increíble, pero esa también fue la última vez que lo vimos».

Carlos también me dió la siguiente pista para seguir investigando. «Háblate con Héctor Calderón, él es un arquitecto que vivía en La Candelaria y recibió a Manú, a Cocó y a todos los que fueron llegando de Francia».

Más adelante, en una curaduría urbana del barrio de la Candelaria encontré una licencia para restaurar una casa a nombre de un tal Héctor Calderón que afirmaba tener una oficina en el barrio La Soledad, a pocas cuadras del Park Way. Su asistente pastuso me recibió, anotó mis datos y me dijo que le daría mi razón a Héctor tan pronto como él regresara a la oficina. Esa misma tarde recibí una llamada de Héctor, quien 24 horas después me invitó a sentarme en un sillón que parecía perderse en la inmensidad de una antigua casa familiar que estaba adaptando como oficina.

En la grabación, que es mucho más nítida que la de mi conversación con Carlos, puedo escuchar la voz suave y el ritmo pausado con el que habla Héctor, un tipo flaco, alto, desgarbado, de pelo crespo y candado, quien, al igual que Carlos, ya ronda los 50. Fue en febrero del 93 cuando Héctor conoció a un grupo de franceses que querían restaurar un tren para ponerlo a andar por las vías abandonadas que conectan Bogotá con Santa Marta. Los conoció gracias a Claudia Arcila, una amiga suya que trabajaba en el magazín dominical de El Espectador y que había conocido a Manu, Cocó y Carlos durante el festival de teatro del año anterior. «Ese día yo llegué a una casa de La Candelaria donde estaban exactamente 12 personas, Carlos Rojas, Claudia Arcila, Manu Chao, Cocó y ocho franceses más. Me explicaron la idea, me dijeron que Ferrovías ya los había autorizado para utilizar toda la maquinaria abandonada que tenían en sus talleres y que en el proyecto había plata del gobierno francés y el Colcultura. Por ese entonces yo estaba trabajando mucho con materiales reciclados y chatarra así que el proyecto me pareció una oportunidad inmejorable».

Héctor no sólo aceptó unirse al equipo, sino que invitó a los franceses a quedarse en su casa, una casona colonial ubicada en la calle 9 con carrera 4, en Bogotá. Fue allí donde empezaron a trazarse los primeros bocetos del Expreso del Hielo. «Nos amontonábamos todos frente a una mesa de dibujo y empezábamos a botar ideas», lo escucho decir en la grabación. «Siempre había algún trago, algún pase por ahí. Eran unas sesiones que iban hasta la madrugada y a veces hasta se nos iba desbordando la cosa». Según Héctor esta fue una época de acostarse y levantarse tarde.

Hector parece encantado de contar la historia del tren. Recuerda cómo él y Manu bajaban desde La Candelaria hasta la plaza de San Victorino, para almorzar en un corrientazo llamado El Paraíso. «Era un restaurante donde se tomaba cerveza, había una rockola, olía platos y al eucalipto que ponían en los orinales del baño, desde el cual se podía ver toda la plaza», nos dice a mí y a mi grabadora. Yo casi ni aparezco en la grabación. En algun momento, Héctor hace una pausa y me dice: “Te voy a contar cosas que nadie sabe”.

La primera vez que Héctor Calderón visitó los talleres del Corzo, un lote ubicado en Facatativá, en el que Ferrovías guardaba todas las locomotoras y vagones abandonados de esa quimera que fue el tren en Colombia, se dió cuenta que este no podía ser un proyecto de doce locos trabajando desde su casa. Para hacer realidad ese tren de 21 vagones con un museo de esculturas de hielo, un vagón en llamas, una máquina capaz de hacer nevar en Aracataca, un estudio de tatuajes y una iguana que escupiera fuego, serían necesarias más manos y más recursos.

Fue entonces cuando Héctor le dió una llamada a Michelle Goldstein, amiga suya y agregada cultural de la Embajada Francesa para que los pusiera en contacto con el que era su novio en esa época, el rector de la Universidad Nacional, Antanas Mockus. La cita fue en el apartamento de Goldstein. Héctor y Cocó, el mismo de la cicatriz en la cara, el de la chuca aterradora mezclada con perfume, llegaron con una misión clara a la residencia de Goldstein: convencer al Rector de permitirles abrir una convocatoria para un taller interdisciplinar en la Universidad y permitirles trabajar en las instalaciones de la Facultad de Artes durante todas las vacaciones a mitad del año 93.

Le hicimos la propuesta a Antanas y el nos contestó con una prueba de inteligencia: nos amarró a mí y a Cocó con unos cordones y nos explicó que debíamos trabajar en equipo para soltarnos. Lo que él no sabía es que Michelle ya nos había soplado la prueba. Nos soltamos en dos minutos y luego los cuatro nos emborrachamos”.

Calderón y compañía trabajaron durante esas vacaciones en las instalaciones de la universidad en compañía de una veintena de profesores y estudiantes de arte, ingeniería, física y matemáticas que se inscribieron al taller. Fue allí donde se creó el Yeti, una idea de Cocó que consistía en montar una máquina de raspado sobre una turbina y ocultar las dos cosas al interior de un vagón decorado con el busto de un hombre de las nieves. Otro grupo de personas trabajaban simultáneamente en los talleres de El Corzo, donde Carlos le dio vida al dragón Roberto con la ayuda del especialista en efectos especiales, Jean Marc Mouligné.

La narración de Héctor tiene como personaje principal a Didier 'Cocó' Jaconelli. «A pesar de ser francés él tenía una inteligencia muy parecida a la de un gamín colombiano», dice Calderón en la grabación. «Cocó era un tipo que sabía cómo devolverle el tacómetro a un carro, cómo negociar con un costeño, cómo estirar cada billete, un tipo muy recursivo».

Según Héctor, durante todo ese año Manu Chao iba y venía de Colombia a Francia, donde debía cumplir con sus obligaciones como miembro de Mano Negra. Aún así hubo tiempo suficiente para que todos hicieran juntos un viaje a la ciénaga grande donde, según Héctor, Manu compuso la canción "Señor Matanza" con una guitarra que le pertenecía originalmente a su hija Sara. Pero nunca hubo basuco ni cartucho, ni una temporada larga de Manu Chao en Bogotá.

Una vez que el Expreso del Hielo fue tomando forma en los talleres de El Corzo y la Universidad Nacional, sus miembros tuvieron que enfrentarse a una dificultad que iba más allá de los técnicos: la situación de orden público de la Colombia Rural de 1993.

El recorrido del tren incluía paradas en zonas rojas como Gamarra o Barrancabarmeja, cosa que preocupaba a propios y extraños, entre ellos Charles Crettien, quien era el embajador de Francia en Colombia para esa época. Hector afirma en la grabación que Crettien, quien se opuso al proyecto desde un principio, vió su oportunidad para sabotearlo en agosto del 93 durante una fiesta en la casa de Michelle Goldstein. En aquella ocasión Álvaro Mutis expresó en voz alta su preocupación por lo que consideraba sería una muerte segura para los tripulantes del tren. Animado por el espaldarazo del poeta, Crettien anunció que iba a comunicarse directamente con el Presidente Francois Mitterrand para abortar el proyecto a la mañana siguiente.

Lo que Crettien no sabía es que, para ese momento Mitterand ya había enviado a un diplomático de nombre Denis Vène, quien tenía experiencia mediando en procesos de paz en África, para llegar a un pacto de no agresión con los frentes del ELN que controlaban el corredor por el que habría de pasar El Expreso del Hielo. El 18 de agosto del 93, durante un evento que conmemoraba el cuarto aniversario del asesinato de Carlos Galán, Vène tomó la palabra para lanzar oficialmente ese magnífico proyecto de cooperación binacional y le pusieron El Expreso del Hielo.

El 16 de noviembre de ese año, una locomotora apodada 'La consentida' partió de la largamente abandonada Estación de El Corzo, en Facatativá, arrastrando 21 vagones con rumbo a Santa Marta. A bordo de El Expreso del Hielo viajaban los integrantes de Mano Negra de The French Lovers (otra banda francesa) y algunos miembros de Royal Deluxe.

El tren se tomó 45 días en ir hasta Santa Marta y regresar a Faca. 45 días en los que hicieron presentaciones en Santa Marta, Aracataca, Bosconia, Barrancabermeja, La Dorada y Facatativá. Así registró El Espectador su presentación del 29 de noviembre del 93 en Aracataca:

El pueblo aturdido por la feria se aglutinó frente a los vagones cuando se iniciaron los rugidos del Dragón Roberto. Entretanto, Yeti, el hombre de las nieves, abría su enorme boca iluminada por luces artificiales de colores. De un lado a otro corrían los portadores del fuego y en medio del pánico y la incertidumbre que se apoderó del público, Roberto expulsó por su boca ráfagas de fuego mientras el Yeti hacia lo mismo con la nieve”.

Tras esa presentación regresaron a París varios miembros de Mano Negra, quienes se encontraban agotados tras lo que ya eran casi dos años completos de giras en barcos, buses y trenes. Permanecieron en el tren Manu Chao con su padre, Ramón Chao, y el guitarrista Thomas Darnal. De las 70 personas que partieron de Faca el 16 Noviembre, sólo 40 regresaron el 30 de diciembre, el resto se hartaron y se bajaron en distintos puntos del camino.

En Gamarra, algunos desconocidos robaron tres maletas del tren y la primera noche en La Dorada les quemaron tres vagones, según Carlos, por ocupar una bodega que funcionaba como expendio de bazuco.

Foto: Emanuel Bovet

Claudia Arcila, la periodista que cubrió el evento para El Espectador, recuerda que en Barrancabermeja y Bosconia los viajeros debieron recurrir a la caridad de los residentes, ya que las provisiones nunca llegaron. Claudia, quien se retiró de los medios y hoy en día tiene una bodega de vegetales orgánicos en Codabas, dice que las condiciones de higiene eran terribles ya que sólo había un vagón en el que funcionaba un baño para todos los ocupantes. Además, el tren se descarriló al menos seis veces. La historia del recorrido del tren, o al menos una de sus versiones, quedó registrada en el libro Un tren de hielo y fuego del periodista Ramón Chao, padre de Manu. También existe una increíble serie de fotos en el website del fotógrafo francés Emanuel Bovet.

Aparte del cubrimiento que El Espectador realizó en su magazín dominical, la historia del Expreso pasó casi desapercibida en Colombia. El primero de diciembre de 1993, mientras el tren se acercaba a Barrancabermeja, un bloque de búsqueda de las Fuerzas Armadas colombianas mató al narcotraficante más buscado del mundo, Pablo Escobar. No hay dragón ni Yeti que compita con eso las prioridades de ningún noticiero.

En la grabación que estoy escuchando, Héctor me dice que tal vez las cosas hubieran sido distintas si se hubiera llevado a cabo el plan original: “La idea era poner unos rieles provisionales y hacer que el tren entrara hasta la plaza de Bolívar para hacer un gran espectáculo de clausura pero fue imposible. No había plata ni energía, ni la logística necesaria para hacerlo, fue simplemente imposible”. El tren hizo su última presentación el 30 de diciembre del 93 en Facatativá y sus restos quedaron abandonados de nuevo en la Estación de El Corzo. «Quizá haya sido mejor que todo quedara así, casi como un mito o una leyenda», me dijo Héctor, segundos antes de que le diera Stop a la grabadora.