El rugido de una ciudad en llamas: Historia del metal bogotano (Parte II)

1988-1999 la década en la que el metal capitalino demostró toda su fuerza.

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mar. 10 2017, 12:17am

Para la segunda mitad de los 80, en Bogotá crecía una escena rockera sólida y ávida de sonidos extremos. Los años del rockcito y los hippies poco a poco iban quedado atrás y el metal se alzaba como un grito de furia dispuesto enfrentar la precaria realidad llena de violencia del país. Las tiendas de discos, los programas de radio y las bandas comenzaban a brotar por toda la ciudad y la marea negra era cada vez más grande. Tanto que, en el 87, empezaron a venir los primeros grupos internacionales a la ciudad.

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Probablemente la primera banda extranjera pesada que pisó la capital fue Barón Rojo. En 1987 este grupo español de heavy metal formado en 1980, hizo una gira por Colombia. Carlos Reyna recuerda que en Bogotá tocaron dos veces, una en la Plaza de Toros de la Macarena y a los dos días gratis en la Media Torta. Él fue con su hermano y cuenta que hubo mucha marihuana pero poca gente, sin embargo los que fueron estaban muy emocionados. Tanto que la banda ha dicho que lo que más recuerdan de esa gira fue su paso por Colombia.

Dos años después vino Quiet Riot y se presentó en el Coliseo El Campín. Ese concierto lo abrió Kronos, banda que comenzó en Bogotá y se radicó en Cali, la cual se presentó con Elkin Ramírez en la voz. Carlos también fue y cuenta que esa noche estaba todo el mundo: metaleros, punkeros, rockeros. Nadie quería perderse a la primera banda mundialmente reconocida de metal que visitaba el país.

Pero ese no fue el primer gran concierto de rock que se hizo en la ciudad. En 1988 se realizó el Concierto de Conciertos en el estadio El Campín. Organizado por La Súper Estación, la Alcaldía Mayor de Bogotá y Coca-Cola, esta fiesta buscó reflejar el interés que los bogotanos tenían por el rock en español, una moda que cada vez cogía más fuerza en Suramérica. Pero más que un manifiesto cultural o el reflejo de una generación, este fue un evento dedicado a la música comercial, al pop y al rock seguro que sonaba en las radios y que estaba de moda. El metal era como una oscura niebla algo difusa que cubría las calles de la ciudad y que ardía por revelarse con toda su potencia. Un mes después del Concierto de Conciertos, llegaría esa primera gran oportunidad gracias al festival Calavera Rock I, el primer gran festival de metal de la ciudad.

A diferencia del Concierto de Conciertos y de la celebremente infame Batalla de Bandas de Medellín, no hay registros en Internet y ni artículos que recuerden el Calavera Rock I, solo existe el testimonio de los que estuvieron ahí. Este festival fue organizado por un promotor costeño, dedicado sobre todo a los conciertos de vallenato, llamado Alberto Daconte. Ricardo Gómez, metalero vieja escuela de Fontibón, fundador de la banda Bastard y una de las primeras personas que hizo fanzines metaleros en Bogotá, describe a Daconte como: "una rata de mierda". Al parecer el hombre no solo trataba mal a las bandas sino que las estafaba, y decidió hacer este concierto porque vio una oportunidad comercial en un nicho creciente que no había sido explotado. El hombre consiguió el Coliseo El Campín y el auspicio de Pony Malta. Los comerciales radiales de la promoción fueron hechos por Lucho Barrera y el cartel estaba compuesto principalmente por bandas de Medellín, entre las que sobresalían Reencarnación y Amén. Por Bogotá tocó La Pestilencia.

Todo indicaba que sería un concierto épico, pero el viejo Daconte no tenía ni idea de lo que hacía y la cosa resultó un fiasco. Para empezar el mediocre sonido apenas servía para ambientar un cuarto porque estaba compuesto por unos pequeños amplificadores que daban lástima y de milagro sonaban. Víctor Raúl Jaramillo "Piolín", cuenta que a Reencarnación la recogieron en un camión que antes había sido usado para transportar los elefantes de un circo. El grupo fue llevado al magno evento entre caca de elefante, heno y unas tablas. Cuando llegaron, a alguien (probablemente Daconte), se le ocurrió la idea de cubrir la cancha del coliseo con esa paja y hacer cruces con la madera para simular un cementerio.

Una idea de mierda porque eso obligó a la gente a quedarse en las gradas tomando Pony Malta sin escuchar nada. A parte de todo, a la mitad del concierto se fue la luz porque los organizadores no pagaron el alquiler completo y toda esa juventud inconforme e iracunda terminó a oscuras. Los gritos y los insultos empezaron a retumbar en el recinto. Cuando se prendió la luz, había en la cancha un montón de tipos heridos que creyeron que era buena idea saltarse la barda para estar más cerca de las bandas. Por suerte, el coliseo no terminó en llamas y la cosa no acabó con un tropel sobre la 30, pero quedó el precedente de que el metal había salido del cascarón y exigía espacios.

Los metaleros bogotanos dijeron estamos aquí. Los conciertos en casas, salones comunales, bares diminutos y bodegas empezaban a organizarse por toda la ciudad y de a poco las bandas icónicas de la capital empezaban a forjarse. Sin duda la primera fue Darkness, creada en 1987 por Óscar Orjuela en el garaje de su casa. Enmarcados en el speed metal garajero y crudo, este grupo creó un himno que reflejó el sentir de todos mechudos que algunas vez han pisado esta fría ciudad, "Metalero". "Anda por las calles un tipo marginado siente las miradas de odio al rededor", dice la letra de este tema que es un recordatorio de lo que motiva a todos los amantes del ruido y del destino que eligieron por vender el alma al metal.

En 1989 Darkness sacó Espías Malignos su primer EP, que es un disco legendario del metal nacional. De este grupo se derivó Neurosis, encabezada por Jorge Mackenzie, que es uno de los grupos de thrash metal más populares del país. La banda se formó en el 87 pero entró con fuerza en los 90 con el lanzamiento de sus dos primeros álbumes Más allá de la demencia (demo 1991) y Verdum 1916 (LP 1996), probablemente uno de los mejores discos que se han hecho en Colombia.

Un año antes de Darkness y Neurosis, gracias a que un encuentro radiofónico, Héctor Buitrago y Dilson Díaz se conocieron. Ambos decidieron armar una banda y se juntaron con Francisco Nieto y Jorge León Pineda. Así nació La Pestilencia, una banda que logró unificar el sonido del punk y el metal en un solo proyecto lleno de furia. El primer álbum de la banda que sonó en la ciudad fue un ensayo que se coló en las casetas de la 19. Jorge León Pineda cuenta que ellos grabaron un casete para recordar las canciones y de alguna forma terminó en las manos de la gente. El lanzamiento de La muerte un compromiso de todos… en el 89 los consolidó como una de las bandas más grandes del país y los volvió una leyenda.    

Este triunvirato de la distorsión, sumado al trabajo de decenas otras bandas que nacían y morían en las calles, hizo que la nueva década empezara con fuerza.

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Sentado en la Casa de la Cultura de Fontibón, Ricardo Gómez cuenta que los fanzines fueron fundamentales para la difusión de la música. Uno de los primeros que circuló fue Necrometal hecho en Medellín por Alex Oquendo y Mauricio "Bull Metal" Montoya. El dice que esto le abrió el espectro a muchos personas y los motivó a abrir apartados postales para recibir y enviar correos, y a hacer sus propios magazines. Uno de los primeros fue creado por Ricardo junto a su compañero de banda Alejandro Negrete y se llamó Profanator. Después armó Ekatombe, un fanzine que tenía un agregado especial, este venía con casetes grabados por el propio Ricardo que traían bandas extranjeras y junto a colombianas. Este tipo de cosas se volvieron una pedagogía de la música que además servía como una guía y un catálogo de metal. Personas como Ricardo investigaban cada banda que se reseñaban lo mejor que podían y así formaron un pequeño y efímero registro de la escena de esa época. Estas revistas fotocopiadas hechas con las uñas y por las puras ganas de difundir y cultivar la escena, eran la única forma de aprender acerca de metal. Jorge León Pineda cuenta que durante una época él hacía fila en la Biblioteca Luis Ángel Arango para poder leer las revistas que llegaban del extranjero.

Tanto José Morth como Ricardo Gómez coinciden que un personaje fundamental para el desarrollo de la escena metalera fue Bull Metal. Él estuvo en los 90 grabando con Neurosis y ahí hizo varios contactos. Morth era socio de Bull y cuenta que Montoya mandaba a traer discos del extranjero y él los distribuía por el país. Tanto sus fanzines, como sus contactos ayudaron a difundir el metal por todo este maldito territorio. Ricardo lo describe como un tipo gigante al que daban ganas de abrazar y que era una fuente inagotable de conocimiento. 

A parte durante los 90 se vivió en el país la llamada apertura económica. Esto permitió que en la capital se concentrara una serie de nuevos mercados entre los que estaban el CD. Durante la última década del siglo pasado se vivió un boom del CD. El formato digital permitió una mayor distribución y variedad. De repente se volvió normal encontrar discos en todo lado. El rock ya no era algo tan undergorund y prohibido gracias al grunge y al rock en español se volvió algo visible y una industria jugosa que podía ser muy explotada. Andrés Durán, la voz de "El Expreso del Rock" opina que esa visibilidad fue positiva porque "la gente se dio cuenta de la farsa del rock en español y las bandas le dijeron a la gente despierten".  

Los grupos de metal pesado empezaron a aflorar en la ciudad y se armó una segunda camada encabezada por bandas como Acutor, Bastard, Infected, Kilcrops y Agony. El metal rugía con furia en toda la capital. José Morth ya no solo tenía su tienda, también produjo discos, como los primeros álbumes de Neurosis y La Pestilencia, y organizaba conciertos. El primer gran concierto de metal extremo fue Cathedral y se hizo en Mosquera porque en Bogotá no había donde hacerlo. La organización contrató buses para llevar a los metaleros hasta ese municipio para que pudieran ver a la banda y menear esos cuellos como nunca. Después vino Napalm Death lo que causó furor en los amantes del boleo de mecha. Pero ese concierto terminó en tropel. Ricardo Gómez cuenta que en esa época había rayes entre los parches que de la ciudad. Otro de los movimiento fuertes era el hardcore y dentro estaban los skiheads. Un grupo llegó al Teatro Luz para romper todos los vidrios y se armó la bronca.

En los 90 las calles de Bogotá eran muy jodidas. El caos y la violencia se sentía en cada esquina. La ciudad crecía de forma descontrolada y la angustia y el odio se reflejaban en los ojos de sus habitantes. Los jóvenes se volcaban a los andenes para desahogar esa furia irracional como fuera, bailando, rockeado y peleando. Ricardo describe esa etapa como una época de vandalismo irracional que poco a poco fue menguando.

En 1995 el rock bogotano tenía más fuerza que nunca y la prueba fue la primera edición de Rock al Parque en la Media Torta. Ahora la capital llevaba la posta y la forma de celebrarlo y consolidarlo fue la creación de un masivo festival gratuito al que llega gente de todo el país que este año llegará a su edición 23. Pero sin duda el concierto que demostró el verdadero alcance del metal fue el de Metallica en 1999. Décadas de resistencia, de lucha, de hacer conciertos, discos, revistas y bandas con las uñas, sin que nadie se ganará un peso y guerriando contra todo tuvieron efecto. El milenio terminaba con una de las bandas más importantes de la historia haciendo temblar el Simón Bolívar.

Esto marcaría un final y un inicio. Por un lado se trazó la línea entre la vieja y la nueva escuela. En el 1999 los primeros metaleros ya llevaban 15 años dándole a la música. A muchos les llegaron los 30, el final de la juventud y las malditas preocupaciones de la adultez. Por otro, una nueva generación comenzaba a forjarse con un plus llamada tecnología. El internet y la crisis del formato físico hizo que muchas de las viejas costumbres como el correo, coleccionar discos y hacer fanzines disminuyeran. Para muchos vieja escuela esto jodio el metal, pero para a la nueva generación le mostró nuevas formas de hacer las cosas y abrió un camino para los sonidos más extremos.

Muchas de las primeras bandas desaparecieron y se transformaron. Muchos de los pioneros se volaron las greñas y guardaron las camisetas negras. El nuevo milenio cambió las cosas, pero nada hubiera sucedido sin la primera generación. Desde los jóvenes que movían las caderas al ritmo del rock n roll, pasando por los hippies que se reunían en los parques, hasta los metaleros rudos y vestidos de negro. El rock se consolidó como una forma de rebeldía y resistencia en un país aletargado por la tradición y la violencia. Una ciudad destruida, peligrosa, apestosa y hermosamente grotesca como Bogotá - que siempre ha vivido un incendio constante causado por la desigualdad, el clasismo, la religión y el "progreso"- nunca parará de exigir sonidos fuertes que retraten y combatan esa realidad. Por más de 30 años, los metaleros con sus cuernos en alto han dicho: "estamos presentes".      

Gracias por el aguante.

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Esperen el próximo mes la tercera entrega de esta historia. Los dosmiles, el turno de la generación del fin del mundo.