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Las 15 bandas colombianas del nuevo milenio (2000-2015)

Honramos estos quince años de milenio en Colombia con una selección de artistas que le han compuesto su propia banda sonora.

El 2015 es especial.

Porque es el año en que nacimos, claro. Pero también y sobre todo, porque es un año que, al menos como número, marca un punto en el tiempo que, consideramos, nos obliga a detenernos a apreciar lo que ha logrado la escena que celebramos y sobre todo, la generación que refleja y le ha dado la vida.

Ya han pasado quince años desde que recibimos el nuevo milenio y reflexionando un poco al respecto, nos hemos dado cuenta justo de eso: que durante esta década y media —con el estruendo de la guerra como ruido de fondo—, nuestra generación se arriesgó a ponerle soundtrack a su momento y a su lugar en la historia.

A continuación, honramos este primer tramo de milenio en Colombia con una lista de quince artistas que le han compuesto su propia banda sonora.

Por estos sonidos nos recordarán por siempre.

Por eso, para ellos: la inmortalidad y la gloria.

Que sea esta la oportunidad para que la vieja guardia le pase a la nueva su corona.

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Alerta Kamarada

Comandada por Javier Fonseca y Pablo Araoz, en pie de lucha desde 1996, la historia de Alerta empezó en una onda rude boy, justo a las puertas de la música jamaiquina. Fue sólo hasta 1998 que se dedicaron a componer reggae en forma y a constituirse como la punta de lanza de la batalla rasta en el país. Su primer trabajo fue un EP llamado En lo Profundo, lanzado en el 2004, del que se desprende una de sus canciones más coreadas, “Legal”, dedicada a la hierba sagrada.

En adelante este ejército ha perdido soldados, pero sus dos militantes principales han movido sus látigos como pocos adeptos a Jah desde esta esquina. Por allá en el 2005 se fueron a producir su LP Somos Uno a Jamaica, con Sly Dunbar, del dúo más prolífico de la música jamaiquina Sly & Robbie. Dispararon luego “Somos uno”, “Sueño real” y luego “Princesa”, una de las piezas que ha llevado más allá su evangelio místico de unión contra Babilonia.

La banda más importante e influyente del sonido jamaiquino en Colombia, y mejor aún, de la adaptación de un concepto de resistencia poderoso a un contexto en el que correspondía, ha participado en el Rototom Sunsplash, el Reggae Sunsplash y el Reggae on the River, tres de los más importantes festivales que izan esta bandera a nivel mundial. Además, han estado detrás del Festival Reggae Colombia, impulsando el Rastazo, trayendo la edición latinoamericana del Rototom Sunsplash, movilizando desde su frecuencia radial Radio Etiope, produciendo música desde su estudio One2 Records y disparando balas contundentes en festivales locales como el Jamming.

Desde Lee ‘Scratch’ Perry hasta Alfredo Gutiérrez, desde Andrea Echeverri hasta la misma familia Marley, los respetos y bendiciones les han llovido a estos milords que en 2016 cumplen 20 años de batalla... y ganando.

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Bambarabanda

La exploración de la música colombiana durante estos primeros quince años del milenio estuvo definida en gran parte por las costas, tanto Pacífica como Caribe. El logro más visible, pero no único, de la Bambarabanda, fue precisamente voltearnos la cabeza y recordarnos que existe el sur.

Y el Sur en mayúscula.

Originarios de Nariño, la Bambarabanda no es sólo una banda musical, es un proyecto comunitario, de desarrollo, educación y transmisión cultural. Con su primer disco, El Baile de los Obligaditos, la influencia amazónica, andina, cargada de esa identidad campesina, fronteriza y alimentada por la energía del volcán Galeras, le prendió fuego a nuestros pies y nos puso a bailar y saltar como en Carnaval de Negros y Blancos.

La Bambarita es una banda hacendosa, una puesta teatral con un trabajo estético y visual cuidadoso, que levanta el puño, incluso en algunos casos el bastón indígena, sin temor a denunciar. Es también dinámica y no se casa de manera museológica con los sonidos de su región. En su recorrido musical, a lo largo de tres álbumes, han sido funkeros, punkeros, gitanos, polkeros... han jugado con cualquier ritmo que se hermane con su energía delirante y popular, solidaria con las luchas más sensatas de nuestros días. Estos pastusos han sido, ante todo, rebeldes del sur global.

Durante sus 15 años de carrera nos han regalado presentaciones míticas, tanto en Colombia (cómo olvidar su Altavoz o su Rock Al Parque, o aquel cierre del Galeras 2011 en el que le hicieron a Velandia una limpia chamánica) como en Italia, Bélgica o Croacia, sin duda como uno de los actos en vivo más contundentes del país. En su largo camino, lejos del catálogo turístico, también han abierto una ventana hacia una de las regiones menos atendidas de Colombia.

¡Qué viva la Bámbara, carajo!

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Bomba Estéreo

Durante la primera década del nuevo milenio, Simón Mejía, productor audiovisual, presentador del programa insignia de la alternativa colombiana de la época, Mucha Música, provocador chapineruno y fiel a muerte del Joe Arroyo, estaba montado a bordo de AM 770, un proyecto que jugaba a unir latidos tropicales con electrónica, inspirado en actos como Nortec Collective de Tijuana, lo que estaban haciendo Sidestepper y otros maestros como Héctor Buitrago, que para entonces ya había echado a andar su sello visionario Entre Casa. Con esta banda que cocinaba al lado de otro Simón pero Hernández y de invitados como DJ Fresh, lanzó en 2006 un primer embrión experimental, el Vol. 1, que ya comenzaba a tener voz propia, sobre todo en un corte llamado "Huepajé", en el que invitó a participar a una samaria que rondaba Bogotá, entre otras, como cantante de una banda de champeta punk llamada Míster Gómez in Bombay. Una chica con el hambre, el flow y la sangre como para soportar la corona que le esperaba.

La química fue instantánea y contundente, resultando en el tema fundacional de una banda que tenía la suficiente conciencia de época como para convertirse en lo que estábamos necesitando.

Demostrado su potencial en la arena, a este primer golpe le siguió Estalla (2009), un álbum vital de electrocumbia con el combustible necesario para poner a rodar a esta nave: hits indudables como “Fuego” o "La Boquilla", sellos padrinos como Polen y Nacional Records, y en escena, un monstruo indomable, complementado por Julián Salazar y Kike Egurrola, dos animales salvajes. A partir de su presentación en el LAMC de Nueva York en 2009, Bomba se convirtió en el referente más brillante del nuevo folclor latinoamericano en el mundo y desde entonces, comenzaron a sobrevolarlo como pájaros incansables.

Coachella, Glastonbury, Sónar y varias ediciones del Lollapalooza. China, Japón, Europa, Latinoamérica, todo Estados Unidos en van y hasta África. Al día de hoy y gracias a otros dos discos, Elegancia Tropical (2012) y Amanecer (2015) —su última carta de presentación que, a propósito, revivió la carrera del Príncipe del Rap—, temas inevitables como "La cumba psicodélica", "El alma y el cuerpo" y "Qué bonito", se han convertido en justo lo que Colombia necesitaba: un nuevo referente generacional.

Una banda poderosa con un cancionero justo para este momento y este lugar.

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Chocquibtown



Provenientes del Chocó, una de las zonas más olvidadas del país, sobresalieron Tostao, Goyo y Slow, tres estrategas beligerantes cuya música sirvió para denunciar y protestar sobre las condiciones insólitas de vida en el Pacífico colombiano. Y también, claro, para celebrarlo, alimentados por la energía ritual y milenaria de sus estoicos ciudadanos. “Pescado envenenao”, “Somos Pacífico” y “El bombo” hicieron eco de una realidad que reclamaba a gritos reconocimiento en el discurso nacional. Y soluciones en la práctica.

Apadrinados en principio por maestros como Richard Blair e Iván Benavides, muy pronto se convirtieron en parte de una avanzada robusta compuesta además por Bomba Estéreo y Systema Solar, una triada contemporánea cuyo sonido y letras representaron momentos y escenas cotidianas de la vida en la Colombia contemporánea. Sus himnos de hip hop con marimba de chonta fueron más que bienvenidos. Muy pronto, la banda pasó de grabar demos en CDs quemados hasta ser uno de los lanzamientos prioritarios de Sony Music en la región.

Con la sangre de Niche, Petronio, Gualajo y Peregoyo corriendo por sus venas, atendiendo al llamado de Public Enemy, exhibiendo un desenfado como el de Tego y la elegante dignidad de una Erykah Badu, la chirimía, la salsa y el currulao los tranformaron de hip hoperos a exploradores, de portavoces a abanderados de la vitalidad de su costa. Hace quince años, eran tres números más y hoy son protagonistas de la historia. Transitan de la rumba a lo profundo, del pop al folclor, de lo romántico a lo guapachoso, de lo afrocolombiano, urgido de símbolos contemporáneos, a lo universal. “Una raza llamada sabor”.

Aquella poderosa denominación de origen los mantuvo escalando pedestales hasta ganar varios Grammy y cantar en una Copa América. Han llevado su poderoso mensaje hasta Europa, Estados Unidos, México y el resto de Suramérica, convirtiéndose así en mensajeros de una identidad sonora, y también de las contradicciones insólitas de un país abatido pero movido por el poder de su gente, ese recurso que es, finalmente, nuestro verdadero oro.

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Curupira

Con su disco Pa’lante patrá, lanzado en el año 2000, Curupira inició un camino de experimentación en torno a las músicas tradicionales colombianas lleno de riesgo y vitalidad. Con esto comenzó una nueva etapa en la música de fusión en el país desde los centros urbanos. Influidos por las músicas de la Costa Atlántica y varios de sus maestros, los ritmos de la India, las disonancias de la música contemporánea, el rock y el jazz, sus fusiones transgresoras y vanguardistas generaron una nueva escuela dentro de la música en Colombia.

Como producto de una rigurosa investigación etnomusicológica, Curupira fundó los primeros cimientos de un monumento a la tradición desde su visión contemporánea, una nodriza que ha amamantado la creatividad de las nuevas generaciones de músicos que siguieron a Urián, a Juan Sebastián y a María José, como Alicia siguió al conejo hacia el País de las Maravillas.

Tras cuatro discos que les permitieron visitar los principales festivales de Colombia y tarimas en México, Chile y Ecuador, entre otros, en 2015 lanzaron su último trabajo, La Gaita Fantástica, donde interactuaron con algunos de los nombres más importantes de la escena experimental neoyorquina actual. El sonido de Curupira no es apto para puristas de la música tradicional. Bajo la batuta del compositor Juan Sebastián Monsalve, el grupo sigue siendo fiel a su propia visión. En ella, los sonidos ancestrales y de vanguardia se funden en un código denso y seminal, con aliento suficiente como para nutrir por todo un nuevo siglo nuestro repertorio.

Maestros.

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Edson Velandia

Lo de menos habrá sido enfrentarse a la imagen de Edson Velandia portando una máscara de un burro que después quemó. Estamos ante el juglar bucólico más indómito de Santander, el simple hecho de blandir un machete para dirigir una orquesta debería valerle un lugar en la sacristía de la escena colombiana. La historia contará sus hazañas como parte de una fundacional, Cabuya, y también como una de las mentes más corrosivas y existencialistas que operan sobre el imaginario de la música hecha en este país.

Protagónico, performático y genial, él es la expresión más sublimada de una depresión tropical. Pero su más importante aporte sin duda debe ser la rasqa, género improbable cuyo único exponente es capaz de hacerle un cover pornográfico a Miles Davis en "Tons qué" —incluída en su épico álbum Oh Porno!—, o hacer una sátira sobre la naturaleza bestial del hombre y terminar componiendo una ópera sobre un estreñido miserable. El 2004 lo expuso como miembro de Cabuya, la banda seminal con la que hacía piruetas entre porros “andinos” y funkies. Para el 2007, el 2009 y el 2010 nos sorprendió con los textos satíricos, irónicos y desafiantes que compuso durante su etapa con La Tigra, bestia mitológica.

Prolífico hacia diferentes verticales, poeta, compositor, punk y dibujante, el legado de Velandia es su intuición anárquica incisiva, una impronta de ilusionista confrontante e hilarante.

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Frente Cumbiero

Mario Galeano es hoy uno de los principales creadores de gusto a nivel global.

Corría el año 2006 cuando la epidemia de la cumbia contagiaba simultáneamente a Latinoamérica y Mario ya era uno de sus primeros brotes. Desde entonces y hasta ahora, lo suyo ha sido una batalla objetiva e incesante, a veces radical, comandando un ejército al que nos hemos ido adscribiendo cada vez más militantes. Expedicionario, músico, coleccionista insaciable y maestro universitario, entre otras materias, de apreciación del rock, Galeano planteó una investigación profunda cuyas hipótesis le han permitido pasar por la cumbia y las diferentes músicas tropicales para expandir el amplio universo del baile y, a través de este, nuestro repertorio identitario como ciudadanos de este pueblo, así no lo queramos.

Para el 2010, el Frente Cumbiero, que desde el mismo nombre anuncia su manifiesto, estaba listo para ser leyenda. De todas las trincheras que buscaban empatar a la cumbia con cualquier cosa, en Argentina, México, Estados Unidos, Perú y hasta Holanda, el frente colombiano se irguió regiamente como uno de los más elocuentes, heredero legítimo del imperio progesivo de las tres sangres. El día en que el Frente Cumbiero se encontró con Mad Professor se estiró un horizonte estético orgánico y el resultado evidenció lo que muchos intuían, pero nadie había logrado aterrizar: el armónico parentesco entre la cumbia rebajada —hija bastarda de San Jacinto y Monterrey— con el dub. De ahí para adelante, Mario Galeano y sus tropas, desde Los Pirañas hasta Ondatrópica, desde los proyectos de sus hermanos meridianos y romperayos, irrumpieron en los territorios sonoros más inhóspitos para establecer un nuevo orden genealógico, cuyas direcciones refractan un espectro híper creativo, pero sobre todo, libertario.

Gracias a Mario Galeano nos podemos entender mejor entre los hombres como lo que somos: hermanos.

¡Hasta la victoria, Comandante!

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Herencia de Timbiquí

Tanto miramos a los tradicionales epicentros de nuestra música que a veces caemos en el error de olvidar los sonidos de nuestra periferia, aun cuando en otros lugares del mundo estos sí se estén valorando. Es el caso de estos once músicos de una remota población colombiana, los portadores de un legado cultural que, para que no olvidemos la lección, se denominan afirmando su lugar de origen y su exaltación a la música del rincón Pacífico.

No se trata de un modesto proyecto de folcloristas que han abrazado una intocable tradición; son, al contrario, una muy digna manera de reinterpretar el pasado por parte de los descendientes de quienes crearon los cantos y danzas del Pacífico Sur. La marimba de chonta, los bombos y cununos como instrumentos que interactúan con saxofones, trompetas y guitarras eléctricas para completar una orquesta envolvente que actualiza a Occidente con currulao, arrullos y porro, y en el camino nos junta a través de un baile arrecho.

Semejante tarea se emprendió con una oportunidad imposible para sus antepasados: conectar su sonido con otras culturas, países, músicas y contextos, como un ejercicio de música viajera y permanente aprendizaje emprendido por el maestro Begner Vásquez, su combo y nosotros, sus felices pasajeros.

Eso, por supuesto, se ve en sus álbumes. En This Is Gozar (2014), gestado en una vuelta al mundo que incluyó el Festival de Montreux y un viaje a comunidades tradicionales del África occidental; o en Tambó (2011), donde la identidad también invita a denunciar el desamparo de su pueblo; o en esa inicial carta de presentación de ese mismo pueblo que es De mangle a mango y otros cuentos (2006). Símbolos vivientes de un poderoso encuentro ritual y mágico, el Petronio Álvarez, ellos tienen una clave secreta: saben para qué sirve poseer un Patrimonio de la Humanidad: para que lo escuche el planeta entero.

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Mojarra Eléctrica



El origen legendario de Mojarra Eléctrica se ubica en La Habana cuando a finales de la década de los noventa un puñado de jóvenes músicos colombianos, cuestionados vergonzosamente en su identidad sonora, fundaron la banda Puro Pescao. Allí estaban el actual Callegüeso Jacobo Vélez, Alejandro Montaña, Lucho Gaitán y Tomás Correa, quienes en 2003 –luego de llamarse Bámbara Urbana— bautizaron para la posteridad a un grupo que mezcló con furia y espíritu punketo música tradicional del Pacífico colombiano con jazz, cumbia, rock, funk, timba y hip hop.

De las calles céntricas capitalinas –donde alguna vez Rafael Escalona los mandó callar— pasaron a ser uno de los emblemas de la efervescente rumba tropical que se vivía en los bares alternativos y hasta en las calles del Centro y Chapinero. Cuenta la leyenda que en plena calle armaban la bulla y que con lo que recolectaban se iban a comer pescado a las pescaderías cercanas, de ahí que el término "mojarriar" se haya acuñado para describir su particular forma de ganarse el pan, y luego en su nombre de cuna que es hoy sinónimo de fundacional. Algunas de las canciones que grabaron en los tres discos que editaron entre 2003 y 2011 fueron incluidas en las bandas sonoras de las películas Buscando a Miguel (2007), Perro Come Perro (2008) y Paraiso Travel (2008). La generación que vibró con Bloque de Búsqueda y Curupira encontró en Mojarra Eléctrica la reacción más genuina al ligero y homogéneo tropipop, una de las dos razones por las cuales se les agradece a estos muchachos.

La otra, es por abrir trocha.

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Monsieur Periné

Era el 2012 cuando Colombia conoció un cosmos fantástico, una fábula que contiene a Houellebecq, las Trillizas de Belleville y a Django Reinhardt juntos tocando boleros y porros. Como salida de un sombrero de mago se presentaba Monsieur Periné, una banda de arlequines sonoros, con pintas exuberantes y coloridas, que elaboraban su discurso sobre un recurso prácticamente olvidado en nuestros tiempos: las canciones. Melodías elocuentes y apropiables, profundamente arraigadas en lo más palpable de la imaginación cotidiana y de nuestros álbumes familiares.

La reacción fue inmediata y estrepitosamente expansiva. Para el día en que presentaron su primer disco, en 2012, había más de un millar de personas en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, cantando de memoria las canciones de Hecho a Mano, el álbum debut que apenas estrenaban. Con gracia, nostalgia y elegancia quirúrgica, Monsieur Periné se convirtió en un fenómeno, la revelación de una generación que, desde el YouTube y los cortes individuales, presentaba una cajita de música inevitablemente curiosa, pegajosa: 'suin a la colombiana', en clásicos instantáneos como "La Muerte" o “Suin romanticón”, un auténtico cancionero inclasificable que en vivo detonaba una celebración al realismo mágico.

De la mano de Felipe Álvarez y luego de Eduardo Cabra, la cabeza productora de Calle 13, quien produjo su segundo disco Caja de Música, lanzado este año, el Mesié consolidó un cuento fantástico redondo, que seduce desde lo escénico, mediante la hipnótica personalidad de Catalina García, hasta lo discursivo, con la mitología ensoñadora de aquel personaje ficticio, de abolengo francés, que algún día se enamoró de una patria grande llamada Latinoamérica.

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Odio a Botero

​Odio a Botero o “la máquina de hacer enemigos”, fue una banda ideal para la adolescencia pero con mucho trasfondo entre líneas para asumir la adultez. Creada en 2001, representó un chiste político, una lectura caricaturesca de la sociedad colombiana, con una rabia pura y profunda hacia a este país de desnacionalizados que reniegan de su contexto pero se alimentan de su propia basura mediática.

Desde su título, fueron un fino gargajo contra el establishment.

Durante 14 años, su capitán René Segura mantuvo vivo un performance difícil e hilarante. Siendo él, fue abanderado de una causa irreverente y frontal. Con canciones como “Kill The Cuentero Now” o "Carta al Niño Dios" proporcionó las risas a los más ácidos críticos de la vida cotidiana en Colombia. Con Odio a Botero, disco lanzado en 2003, terminó por legitimarse como comentarista temerario. Era hasta difícil de creer. Odio A Botero era la banda de ese punk capaz de parársele de pecho a la industria musical, en pleno Rock Al Parque, con una bandera en el escenario y la protesta "Sayco apesta" para denunciar los manejos torcidos de dinero de la entidad encargada de administrar las regalías de los músicos del país. Y cómo olvidar ese 2006 en el que, cuando reinaba Álvaro Uribe en la presidencia y amenazaba con la reelección, se lanzó como candidato presidencial en un intento por "defender la democracia".

Esta aplanadora moral, sin embargo, no fue ajena al cariño de un amplio público. Cuando los sacaron del cartel del Festival Altavoz en el 2006 por su nombre, para muchos anti-paisa, una serie de correos de sus seguidores logró que finalmente se presentaran por primera y única vez en la capital de la montaña. También hubo malos ratos, amenazas y hackeos, hasta que finalmente aceptaron su despedida de la escena a mediados de este año, dejando cuatro discos como testamento y tremendos himnos generacionales como "R.U.M.B.A", un ataque a la nueva fiebre de baile que comenzó a diezmar a las filas del rock, o "Sabogal se vomitó", la instrascendente historia de un joven miserable trasbocando contada en clave de dramático himno punk. Aunque pocos lo reconozcan, fue una de las bandas más poderosas que ha visto en vivo este país, y lo sabemos, a la larga sus nombres serán olvidados.

¿Y por qué?

Porque no importa.

"Y si importa, tampoco importa...".

Odio a Botero se desvaneció para siempre siguiendo los delirios sensatos de Segura, no sin antes contagiarnos un poquito de su odio por este pueblo que, a veces, solo a veces, se lo merece todo, todito, y hasta más...

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Pernett


La historia de Humberto Pernett arranca décadas atrás de su nacimiento con su tía abuela Carmencita, diva de la cumbia y el merecumbé apodada "La Reina del Trópico", quien llegó al punto de cantar con Pérez Prado, gran punk tropical habitual de la casa familiar, famosa por ser la anfitriona de la comparsa El Cipote Garabato, insignia patrimonial del Carnaval de Barranquilla.

Humberto nace de esa herencia, de esa irreverencia y de esa alegría.

Pernett siempre ha dicho que de niño ya jugaba con una grabadora, haciendo sus propias versiones de estándars del Caribe con algunos arreglos de organeta, influencia del clima familiar y, seguro, de los videojuegos en los que se abstraía durante largas horas. Tiempo después, a través de actos como KLF o Technotronic, quedaría enganchado en la música electrónica.

A comienzos del nuevo siglo Humberto llegó a la capital a estudiar música, y ahí, en medio del jolgorio de la nueva música que nacía en las esquinas con parches como el de Mojarra Eléctrica, siguió con sus juegos infantiles y comenzó juntar el sintetizador con el tambor, un paso natural que recuerda aquella vez que Landero, gaitero original de San Jacinto, cambió la gaita por el acordeón. Un acto por el que fue apadrinado por Sidestepper, grupo que se convirtió en su escuela y plataforma. En ese entonces sus experimentos ya comenzaban a dar muestras de su firma sonora, una que definitivamente vino a darle carácter cósmico y psicodélico a la cumbia electrónica o digital que vino a configurarse años después en la región. Un carácter de ciencia ficción que, por demás, ya venía inscrito en los tatuajes de los picós y en el ocultismo negro e indígena que se configuraba entre el sabor de esta mística tradición.

Llamado precisamente Música para pick up y lanzado en 2004 por Sony, el EP debut de Pernett fue un trabajo claramente avanzado para la época, con canciones como "Hoy es mañana", "Huele a mariacachafa" o la popularmente rebautizada "Óptimo positivo", himnos de una época de efervescencia creativa en torno a un sonido nuevo que, en efecto, vino a marcar futuro. Trabajos posteriores como Arbol (2008) o El Mago (2009), y temas como "Esta noche" o "La rumba bacana" siguieron consolidando a Pernett como avanzado, valiéndole el título de Mago por el que hoy se le conoce.

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Puerto Candelaria

Nacidos hace quince años en Medellín —tierra de tangos, salsa, metal, punk y chucuchucu—, Juan Diego "Juancho" Valencia, José Tobón y Juan Guillermo Aguilar también coincidieron en ese viaje iniciático a La Habana, hace más de quince años, donde compartieron el sentimiento desarraigado común a músicos que más tarde le darían vida a bandas como Nawal, Tumbacatre y Mojarra Eléctrica. Ya en Colombia, Valencia y Tobón —junto a Eduardo González, Aguilar y Juan Fernando Montoya— imaginaron Puerto Candelaria, un lugar ficticio donde la idiosincrasia, las taras y los complejos colombianos se dibujaban a través de viñetas musicales sarcásticas. Los dos primeros discos fueron instrumentales y etiquetados por ellos mismos como “jazz a la colombiana”.

Entre 2011 y 2014, con la aparición de los álbumes Vuelta canela, Cumbia rebelde y Amor y deudas, la banda dio un giro radical hacía el humor verbal. El resultado fue inesperado: “Muerta”, “La fiera” y la homónima “Amor y deudas” —un batazo despechado al lado de Catalina García de Monsieur Periné— se convirtieron en tres canciones fundamentales de la banda sonora de las llamadas “nuevas músicas colombianas”. A caballo, entre la humorada fina y desvergonzada, la sofisticación académica y la música popular, al interior de Puerto Candelaria se forjaron la orquesta La República y Merlin Estudios, un faro luminoso en lo que tiene que ver con la nueva industria cultural colombiana. Los Candelarios, a su vez, reivindicaron el chucuchucu, término peyorativo con el que, desde los tiempos de Andrés Caicedo, se recluyó toda la música tropical bailable colombiana.

Desde una cuidadosa puesta en escena, este Puerto que es también una banda de pueblo como lo fue la del Sargento Pimienta, presenta cada noche una tragicomedia muy parecida a Colombia, gobernada por un tirano tropical llamado el Sargento Remolacha y un gavilán de pueblo que claramente no saben lo que hacen. Un chiste fino, muy fino, que fue diseñado como tal, según Valencia —hoy productor prodigio varias veces nominado a Grammy— porque en su momento y en su lugar era difícil decir las cosas de manera literal.De ahí pues, que se inventaran un universo literario. Que las dijeran desde su propio Macondo musical.

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Sidestepper

Sidestepper es muchas cosas. Es, quizás, la banda que abre el nuevo milenio en Colombia con una inquietud artística ambiciosa: conciliar tradición y futuro, el adentro y el afuera, empatar la clave del tambor con la del beat en una sola pista de baile. Todo junto, cobijado bajo el concepto del soundsystem, el altar contemporáneo.

Después de algunos atisbos experimentales, es en el 2000 cuando comenzaron aquel viaje en transbordador.

El proyecto fue fundado por tres amigos que ya habían predestinado a la música colombiana con su participación en la conceptualización y producción de La Tierra del Olvido de Carlos Vives. Dos de ellos, Teto Ocampo e Iván Benavides, ya habían abierto la trocha por el mundo para lo que venía con su banda de “psycotropical funk” El Bloque de Búsqueda, y uno más, el inglés Richard Blair, ya había participado en la cocción de las llamadas músicas del mundo con su participación en los estudios Real World, de Peter Gabriel, donde se hizo el mitológico La Candela Viva de Totó La Momposina, aquella mujer que luego lo invitó a Colombia para asumir la misión que el destino la aguardaba.

Fue ahí, a las puertas del nuevo siglo que se asomaba, que estos tres amigos terminaron compartiendo apartamento en Teusaquillo para dibujar un diagrama maestro. Entendieron que no estaban solos. Invitaron a un currambero mágico llamado Humberto Pernett, que ya venía haciendose preguntas similares. Trajeron a dos pregoneros, Eka y Janio, y complementaron con Kike Egurrola, el joven percusionista del mago barranquillero, que había aprendido golpes directamente de Batata, y con una estrella naciente más: Goyo, que luego se haría fama como parte de ChocQuibTown. Andrea Echeverri también estuvo en las filas de esta nave madre.

Con canciones como “Deja”, "Hoy tenemos" o “Más papaya”, discos como More Grip y 3 am: In Beats We Trust, influenciaron a toda una generación de bailadores y productores latinoamericanos de nueva generación. Abrieron el portal. Y luego llegó lo que suele llegar cuando las orejas del tiempo no están preparadas para escucharte: un silencio largo. Un silencio que se rompió este año, cuando Richard Blair revivió a la nave, pero esta vez sin circuitos computarizados, para evidenciar, en su prístina desnudez, el origen y destino de todo esto en un disco contundente: Supernatural Love, la celebración de la vida misma, la comunión del hombre con el Universo en una ceremonia de cantos, silbidos y aplausos alrededor de la fogata primordial.

Círculo perfecto. ​

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Systema Solar



Una tarde cualquiera, un parche de amigos DJs, productores, MC's y artistas estaban reunidos en un mismo lugar. Vanessa Gocksch, la única chica presente, recibió una llamada telefónica. Al otro lado del auricular, la pregunta era muy sencilla: “¿Sabes de algún proyecto que mezcle música con visuales que quiera participar en una bienal de arte en Medellín?”.

La respuesta, desde luego, fue improvisada.

¿Qué hubiera pasado si Vanessa no hubiera respondido esa llamada? ¿Qué hubiera sucedido si en ese momento, en ese lugar, no hubiera estado reunido ese grupo? Afortunadamente, nunca lo sabremos. Aquel día, hace casi ya diez años, se fundó uno de los proyectos más vitales y coloridos que ha parido Colombia en la última década. Aquel día, ellos, que se habían buscado unos a otros para colaborarse en sus diferentes proyectos individuales y estaban ahí sentados conspirando en un estudio de la 19 con 5 en pleno centro de Bogotá, se encontraron en una sola constelación.

Dani Boom, padre espiritual del rave en el país, tenía una idea fundacional que bautizaría con un nombre que le sopló el duende alguna vez mientras miraba al cielo en medio de un rave en algun potrero de Europa: mezclar una canción de los Corraleros de Majagual con electrónica, para lo que alguna vez se cruzó con Juan Carlos Pellegrino, quien trabajaba en París como ingeniero productor del estudio de, nada menos, un Daft Punk. Juan Carlos vino a Colombia a producir la banda sonora de un documental de hip hop que estaba grabando su novia, Vanessa, quien se cruzó con Walter para producirlo, y en el camino se encontró a dos monstruos del género en Colombia: John Pri y Corpas. Por ahí en los comienzos de esta película también estaba DJ Fresh. Al momento de recibir esta llamada, sucedió la magia y semanas después, desde la zona estelar berbenautika, el Systema dio su primera presentación ante cuatro mil personas.

En 2010 nos deslumbraron con un álbum debut homónimo de quince tracks que le hablan directo a la médula cotidiana de Colombia. Activistas del vacilón, picoteros del futuro primitivo, sus canciones tocan las fibras de la cumbia, la champeta y el bullerengue en conjunción con el hip hop y la electrónica, para activarnos como bailadores revolucionarios, tocando temas como la slow culture, el DIY o el reciclaje. Así comenzó su periplo por el mundo. Su segundo disco, La revancha del burro (2013), los consolidó en el gusto popular como una especie de superhéroes de la alegría, mensajeros del cambio a través de la pura buena onda, la única y gran energía transformadora en manos del hombre. Su llamada "berbenáutika" o fiesta cósmica ha conquistado cientos de escenarios en América y Europa, desde Glastonbury hasta Rock al Parque y todo lo que se encuentra en el medio.

¿Y quién es el Systema Solar?, aún preguntan muchos.

"El Systema Solar somos todos", responden ellos.

¿Y cuál es la cuestión?

"¡La cuestión es ser feliz!"

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