Peligro en la costa: Cinco años de Trópico en Acapulco

Postales de un festival que retoma la identidad del puerto y la catapulta hacia el siglo XXI.

por Raquel Miserachi; fotografías de Irving Cabello
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13 diciembre 2017, 4:44pm

Esta nota es presentada por Aeroméxico

Para celebrar su quinto aniversario, Trópico subió su volumen de afluencia a cinco mil personas semidesnudas y dispuestas a entregarse a una bacanal contínua de tres días. Después de un par de actos introductorios, Titán inauguró oficialmente el escenario principal del festival, cuya estructura estaba disfrazada como de hotel de los 60 con tiras de papel en un color azul acapulqueño que ondeaban con la brisa del mar. “¡Peligro en la costa!”, retumbaba la voz de Julián Lede en un llamado al Acapulco de antes con “El rey del swing”, como en un paseo nocturno delirante, con un enmascarado frenético al volante que maneja errático sobre la Carretera Escénica en un vocho azul claro.

Que el acto fuerte de la noche inaugural fuera Titán, sostiene esa postura sutil pero reiterativa que trae de vuelta el Acapulco de la elegancia en declive al futuro sórdido que más bien es nuestro presente. Titán es una banda legendaria del rock mexicano que viene desde la más fina dinastía del glamouroso y pútrido mundo del arte contemporáneo. No olvidemos que Titán deriva de la disquera Nuevos Ricos, un proyecto de Carlos Amorales, uno de los artistas mexicanos más influyentes ahora, con Julián Lede, que opera los sintes, la guitarra y los ladridos de ultratumba en la banda. El resultado es una música electrónica oscura con un humor corrosivo que señala las estructuras podridas de lo bonito y lo elegante. El mejor ejemplo es “Tchaikovsky”, una canción de su último disco Dama, que reduce al compositor ruso a una palabra que solamente se repite por encima de un techno como del Palladium pero a las tres de la tarde del otro día. Así arrancó el festival y Titán cerró el set con su clásico homenaje al macanazo setentero “Corazón” de Carole King.

Si algo hacen bien en Trópico es cuidar los detalles para que todo el mundo se sienta bienvenido. Es uno de los pocos festivales en los que he visto a la gente gozar profundamente las canciones que ponen entre una banda y otra. Sí, obvio pusieron a Luismi en uno de los bloques y sí, todo el mundo gozó “Ahora te puedes marchar” sin asomo de culpa. Uno de estos detalles mínimos pero gigantescos fue el Bonbon portátil, una asomadita a un universo paralelo lleno de unicornios y arcoiris, con su clásica bola disco y excelentes selectores musicales. Sin duda, uno de los grandísimos aciertos del festival, y de nuevo, otra postura clara y discreta: bienvenida sea la cultura LGBTTTIQA, la cultura club no sería nada sin ustedes.

Otro aspecto valiosísimo es la atención curatorial en el aspecto tropical del cartel. Haber podido ver a Los Wemblers de Iquitos en el escenario de la playa fue una oportunidad única para los sudorosos asistentes. Era impensable poder ver a una banda familiar de chicha y cumbia amazonica de los 60 en 2017 y en Acapulco. El caso de Frente cumbiero y Ondatrópica parecen obvios, pero ambas son iniciativas para rescatar la música tradicional de distintas regiones latinoamericanas, además de lo delicioso que es bailar cumbias apoteósicas en la playa. Matanza fue una gran sopresa para la noche del domingo en la playa, y un estupendo preámbulo para Dengue Dengue Dengue, el mejor premio para los valientes que disolvieron bailando durante tres días sobre la arena. La inclusión de Gabriel Garzón-Montano dentro de las propuestas nuevas, fue una gozada. El franco colombiano, muy entregado al concepto de festival latino en la costa, hizo una excelente selección de sus cortes más latinos y de todas formas mostró su elegantísimo soul y R&B. Fuego encendió el escenario Adidas con un despliegue violento de trap latino como un maestro absoluto.

Por supuesto, los dos actos favoritos del público en general fueron Jungle y Cut Copy, que, seguidos de Neon Indian se armaron un triple recalentado de indie rock casualito, una oportunidad para echarse un cevichito con galletas saladas para los que vieron a Thundercat, probablemente el acto que menos se entendió del festival, pero el más virtuoso de todos. Creo que la fiesta estaba demasiado caliente como para entrarle a ese viaje jazzeado a cargo de Stephen Bruner, un tipo brillante, presunto culpable de un par de las obras maestras más importantes de la música en la historia reciente como el To Pimp A Butterfly de Kendrick Lamar, el Until the Quiet Comes de FlyLo y años de flamantes presentaciones en vivo en la banda de Erykah Badu. Había que ponerle demasiada atención a este genio, y él mismo echó unas carcajadas después de decir que lo mataba de risa ver a mucha gente en la audiencia brincando con lucecitas color neón durante la canción más tranquila del set.

Fue muy claro para mí encontrar guiños a la primera edición del festival porque solo había ido a esa hasta ahora y la tengo muy presente todavía. La aparición de Dengue Dengue Dengue fue mítica hace cinco años y se repitió esta vez de espaldas al mar. Kerala Dust fue un altarcito a la mítica presentación de Darkside en el primer Trópico, y Garzón-Montano ocupó el lugar de lo que en un primer intento fueron los Hawaiian Sativas. Me sorprendió mucho ver la cantidad de gente que se reúne para el festival ahora, el nivel de producción que tiene, la cantidad de artistas que se suman al cartel y que hay gente dispuesta a ir a escuchar música y bailar durante tres días sin parar. Feliz quinto aniversario. Que viva Trópico para siempre.

Fémina
Quantic
Los Wemblers de Iquitos
Los Wemblers de Iquitos

Thundercat
Thundercat
Ondatrópica
Ondatrópica
Ondatrópica
Fuego
Neon Indian
Cut Copy
Cut Copy
Cut Copy
Marcus Marr
Polo & Pan
Polo & Pan
David Shaw
Gabriel Garzón Montano
Gabriel Garzón Montano
Kerala Dust
Matanza
Matanza
Dengue Dengue Dengue