Foto de Yves Tumor por Elizabeth Cacho

Así vivimos NRMAL 2018

Este año uno de nuestros festivales favoritos en Ciudad de México tuvo su primer "sold out" antes de llevarse a cabo. No es ningún secreto; la programación alcanzó madurez y equilibrio impecables

Foto de Yves Tumor por Elizabeth Cacho

“Trabajas tanto por algo, y tan rápido que se pasa. Me dedico todo el año a NRMAL y sé que soy privilegiada de llamar a esto mi trabajo. Es mi pasión y mi estilo de vida. Pero sí es trabajo, y mucho. Hoy, después de nueve años, puedo decir que “hard work pays off”. Algo hace click cada año y nos reitera que es el camino correcto. Seguimos aprendiendo y evolucionando, pero siempre con la certeza que hacemos las cosas con amor antes que todo. Con la misión bien clara, tomando decisiones difíciles en el camino y arriesgándolo todo. Ojalá perciban hacia afuera esa pasión y convicción, pues está en cada paso que damos. Gracias a todos por su cariño, amor, esfuerzo y tiempo. Por creer y aguantar.
Antier fue hermoso e inolvidable, también creo que fue importante.
Mucho que aprender y seguir... en 2019 serán 10 años, a ver qué nos inventamos.
Gracias a todo mi team chingón y gracias a las casi 350 bandas que han sido parte de esta historia, son lo más cabrón.”

Moni Saldaña, Directora de NRMAL, vía Instagram

NRMAL parece haber alcanzado este año una bien merecida homeostasis, es decir, ese valioso punto de equilibrio entre elementos interdependientes que al final del día se refleja en el tan perseguido sold out de los boletos.

No entraremos en muchos detalles tras escena, pero para un sold out en el caso de los festivales independientes como NRMAL —que alguna vez se definió a sí mismo como un festival boutique con nulo interés en masificarse— básicamente es necesario que tu programación tenga a estos nombres de culto orientados a un nicho pequeño pero consistente junto a otros más populares y a tus propias apuestas regionales, todo en un equilibrio tal que conserves tu credibilidad y a tu público, sigas haciendo crecer a tu audiencia y vuelvas toda la combinación una operación financieramente redituable. En pocas palabras, tienes que vender boletos, muchos boletos, conservar tu coolness, ganar gente y tenerlos a todos contentos. Y esto es complicado, varios promotores han desaparecido, quebrado o enloquecido camino a conquistar esta cumbre.

Así es que lo primero que habríamos de hacer es felicitar al equipo NRMAL por esta primera vez en que lograron agotar su boletaje previamente al festival ¡Enhorabuena!

Este 2018, mientras el sol aplastante hacía aún más divertido nuestro ascenso por una Avenida Constituyentes tan conflictiva vialmente como una Calcuta cualquiera, sabíamos que habría varios desafíos durante la novena edición de NRMAL, y no estamos hablando de hacer cara al mar de gente que eventualmente colmaría hacia el anochecer el Deportivo del Estado Mayor Presidencial, sino a cómo hacer para atender a tanto de nuestro interés sucediendo simultáneamente, y es que NRMAL parecía haber turbo condensado su siempre atinada selección de nombres de dos días en uno solo, lo que implicaba tener que tomar una que otra decisión dolorosa. Ni hablar.

Justo gracias a esta vialidad tan podrida de la avenida que alberga al célebre Panteón Dolores —siempre será más fácil culpar al tráfico que aceptar que nos fuimos de fiesta el día anterior, en este caso al showcase de Levitation en el marco del mismo NRMAL- nos perdimos al ruido de Norwayy, una de las apuestas del festival, pero llegamos a tiempo para Sol Oosey, quien tocó para un extenso público que llegó temprano al festival para dejarse llevar plenamente por el nuevo proyecto de un viejo conocido, y eso hicieron. Oosel aprovechó su set para estrenar su disco debut -- una colección electrónica que le debe parte de su existencia a Psychic TV en sus épocas más melódicas-- con el cual las melodías fáciles y líneas de bajo frías dejaron bailando al respetable.


Había que escuchar también el Acid-Punk de Pelada en la carpa, el escenario destinado para el indie-dance. Este par logró convocar también a un buen número de gente gracias a su combinación de secuencias en torbellino estilo Detroit y la aguerrida presencia escénica de Chris Vargas, todo un vortex de energía: Saltando y gritando amenazadoras consignas en español logró prender la mecha con su locura club anti-club pese a que la hora no era la que quizás esperarías para una presentación de tan alto octanaje.

Mula se sumó a lo que podemos considerar como el banderazo oficial del festival, con una sorpresa refrescante directamente desde República Dominicana, en donde el beat, la sensualidad y la sencillez arriba de la tarima levantó el ánimo generalizado. El trío de jovensísimas chicas encendió una suerte de bengala que suponemos se mantendrá encendida a su regreso a nuestro país, en donde seguro levantarán una base de fans notable para el futuro.

Para cuando los austriacos Leyya subieron a la tarima, el NRMAL ya había tomado suficiente fuerza y personalidad, con un sol que aderezaba perfecto el pop sintético y a ratos experimental de Leyya, grupo que si bien tenía sus cimientos sonoros bien ejecutados, los bandazos estilísticos terminaron por desenfocar la atención de más de uno. Sin embargo, y pese a los desajustes intermitentes en el audio del escenario Black, ese momento fue la punta de lanza de una jornada que iría a más a partir de entonces.

Es curioso: ya había una notable cantidad de público frente a Leyya pero aún así pocos eran los que bailaban frente a la dupla electrónica.

Este año, el escenario alterno, la carpa o Tent fue entregándonos los mejores y más arriesgados momentos del festival, con un puntos fuertes apoyados principalmente en el talento y sensibilidades queer y femeninas en su primera parte —Pelada, Mula, Mhysa—, pero quizás fue ese instante en el que Upgrayedd Smurphy funcionó perfectamente el preámbulo ideal de la bestialidad que vendría. Mientras la artista mexicana nos recetaba un show de electrónica dislocada, oscura y corrosiva, muy parecido a lo que le vimos en la pasada edición del Mutek, el ánimo del público viraba para entonces de la escucha atenta al desconcierto positivo y el asombro.

Smurphy se anotó un tanto a partir de un show que se abrió un camino perfecto hacia lo extra-musical a partir de múltiples apoyos performáticos, cerrando en lo alto su avalancha disonante y cruda, mientras el espacio cambiaba de público para entregar una de por sí candente estafeta al que sin lugar a dudas fue el acto más violento y atronador del NRMAL: Yves Tumor.

Mientras los decibelios, el caos y la confusión se apoderaban de la atmósfera con un Yves Tumor que ladraba, gritaba e iba de un lado a otro del escenario como bestia endemoniada enjaulada, los comentarios y el asombro chisporroteaban en las bocas secas de una audiencia inmovilizada: “es como Dean Blunt a mil por hora”, “es hip-hop del infierno”, “siento que me va a morder en cualquier momento”.

El productor y multiinstrumentista Sean Bowie —nombre detrás del personaje que encarna Yves Tumor— porta hoy por hoy uno de los shows más poderosos y abrasivos de toda la música contemporánea, llevando la oscuridad, violencia y el ruido a niveles que pueden ser un festín mayúsculo del desquicio y el dolor.

Para la pequeña concurrencia que optó por “perderse” a Mac DeMarco, la recompensa vino con creces, con una de las presentaciones más potentes y sorprendentes, quizás, en la historia completa del NRMAL.

Tumor es uno de los descendientes bastardos de la cultura de la industrial music inglesa, alguien que mamó mucho de las shock tactics y las ha actualizado para un nuevo siglo, uno que en sus primeras dos décadas se anuncia ya como más caótico y confuso que el siglo XX.

Su presentación es redondita y genera un discurso transgresor a partir de la suma de cada detalle; desde el vestuario — él, con su sombrero vaquero a la Al Jourgensen de Ministry y sus pantalones de chichifo estrafalario, sus bailarinas, con vestuario de strippers del infierno, y su DJ con una máscara sacada de quién sabe qué manicomio— hasta los visuales, con frases como "the unacceptable face of freedom" — la cual hace referencia a la banda inglesa industrial Test Dept — o "we're not here to help you" proyectadas insistentemente.

Una presentación así tenía por fuerza que acabar a chingadazos, y lo hizo, con Tumor bajando entre la gente para incitar al slam dance.

Por su parte, Of Montreal fue uno de esos actos que son lo que uno esperaba: precisión para la ejecución y el conecte inmediato con el público, a punta de canciones entrañables que no dan pauta a las sorpresas. Aunque tampoco fueron necesarias, en tanto Kevin Barnes —o Georgie Fruit, como le gusta que le digan cuando usa peluca y tacones en el escenario— como conoce su oficio y sabe dominar una narrativa musculosa, atípica para los linderos de una banda como Of Montreal, en la que el show de burlesque encuentra puntos de explosión y convergencia con el pop más elegante y sensual, un indie rock sentido en su esencia más noventera y una electrónica que sirve para catapultar los ánimos.

Y seguía llegando más y más gente....

Mac DeMarco —uno de esos nombres que contribuyo a vender muchos boletos, por ser uno de los cantautores medio folkies y amablemente psicodélicos favoritos de muchos— ya sabíamos lograría reunir a un significativo número de fans, quienes enamorados de su música, excentricismo y sus letras de amor y desamor se volcaron a escucharlo. El canadiense supo desbordar las expectativas de sus escuchas y les movió el tapete durísimo con su desentonado y poco ortodoxo cover a Under the Bridge de Red Hot Chili Peppers .


Y llegó uno de los momento más esperados del NRMAL para esta bola de densos —o por lo menos así se perciben ellos mismos— que conforman el equipo de Noisey en Español: la presentación de Sleep, esta legendaria banda mastodóntica acreditada como responsable de haber creado el stoner rock que gusta tanto hoy en día.

Vale la pena acotar aquí un fenómeno curioso, cuando los primeros riffs fangosos de estos veteranos drogosos empezaron a saturar el aire, se dio un éxodo masivo de público que demostró en términos generales una incompetencia entre el sonido ralentizado, oscuro y grasoso de estos paquidermos y la buena ondita de de Mac. Un mar de gente abandonaba el terreno de los escenarios principales al sonido de Holy Mountain, se les veía desencajados, sacados de onda, incluso a algunos malviajados y molestos.

Y es que son pocas las bandas que a través de impresionantes masas de sonido guitarroso juegan así con las propiedades físicas de los espacios, y lo cabrón es que Sleep distorsiona tu entorno no únicamente a partir del volumen y la distorsión que manejan, hay algo en la ralentización ya mencionada que es capaz de mandar al carajo también tu percepción del tiempo.

Aquí lo difícil va a ser volver a escuchar sus discos tras vivirlos en concierto. Bandas como ésta o Neurosis nunca vuelven a ser lo mismo cuando las confrontas sobre un escenario.

¡Ovación de pie!


El pasado verano Cornelius regresó a los estantes de discos tras once años de ausencia con Mellow Weaves, un álbum que llegó acompañado con la noticia de un tour por Norteamérica, gira que comenzó en este NRMAL, sumando así más cerezas a un de por sí generoso pastel .

El reloj nos convocó a nuestra cita con Keigo Oyamada, peronaje a quien el público a nivel global ha puesto atención desde que hace más de 20 años lanzara Fantasma, una de las máximas joyas del DIY y de la música japonesa toda y quien tuvo que cancelar la que hubiera sido su primera visita a México si aquel brote de influenza hace diez años no hubiera tenido otros planes

Imágenes surrealistas y letras cursivas sobre lienzo blanco enmarcaron la presentación de la banda creada por Keigo, seguidas por pura alquimia sónica que nos atrapó desde los primeros acordes de “Sometime/Someplace”. Música visual y perfectamente sincronizada abriendo camino a un viaje fluido donde confluyen lo mismo rock psicodélico y electrónica minimalista que trazan paisajes sonoros exuberantes.

La memoria de Fantasma se hizo presente gracias a las melodías encontradas y bucles orgánicos con “Drop”, momento que sin duda fue la columna vertebral de la presentación de la banda japonesa. Las palabras no son suficientes para darle atributos a este acto esperado por tantos, tatuado desde ya en nuestras memorias como una de las mejores demostraciones en vivo de música actual.

El cierre con Explosions in the Sky fue paradigmático en muchos sentidos; por un lado atendió la nostalgia joven del culto profesado por el público mexicano con la banda de Austin, cerrando un círculo virtuoso en donde el post rock luminoso tocó fibras sensibles con esos fans que hoy rondan las tres décadas de edad, uniendo lo mismo a los fans de Austin TV que a los de Godspeed You! Black Emperor a través de mareas melódicas que reventaban, dándole batalla al frío que para entonces ya calaba macizo en las inmediaciones del Deportivo Lomas Altas.

Por otro lado, justo las guitarras y el culto riguroso de Explosions in the Sky fueron un modelo de la madurez del NRMAL, el mismo festival que este año optó por regalarnos una emisión oficial de un solo día —y no dos, como habían estado haciendo hasta el año pasado en CDMX— pero con una curaduría más directa y asertiva, equilibrando de una vez por todas su personalidad y propuesta, aunque también viendo sus linderos y posibilidades fuera de los bordes del riesgo.

Resulta reconfortante ver que cada año más gente se anima a abrirse con un festival más de sorpresas que de certezas, que sirve de pretexto para pensar en otras aristas que sólo las musicales y de entretenimiento, en donde el sonido y la diversidad son punto de partida para vernos aunque sea un poco más distintos a lo que la maquinaria del espectáculo y el consumo piensa de nosotros. Aunque sea un poco, aunque cada vez sea más NRMAL.

Todas las fotografías: Elizabeth Cacho

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