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El niño de la selva: Julián Salazar es el Mowgli de la electrónica colombiana

Descubre la faceta experimental y selvática de uno de los integrantes de Bomba Estéreo.

Nicolás Vallejo-Cano

Nicolás Vallejo-Cano

Salazar en su estudio casero, en Chapinero.

Esta historia ya se ha contado.

Alguna vez, hace siete u ocho años, un músico colombiano se internó en la selva de Capurganá. Allí, entre el murmullo de las aves, el cortejo de las chicharras y el suave vaivén de las olas cercanas, se le reveló un paisaje sonoro más estimulante que toda la música que había escuchado jamás.

“En la selva entendí que había música. Ritmos y sonidos en los que descubrí una profundidad mucho más penetrante que la que se logra con los tintes de un instrumento un poco más estándar”, dice él, rodeado por máquinas y cables en su estudio casero ubicado en un pequeño apartamento de Chapinero, donde pasa algunos pocos meses del año cuando no está por ahí dando vueltas por el mundo como guitarrista y maquinista de la independiente más laureada de todo el panorama nacional: Bomba Estéreo. “Con estos sintetizadores, lo que intento es emular, por ejemplo, el sonido de un pájaro que oí esa vez”, me explica, mientras gira un par de perillas y oprime algunos botoncitos para mostrarme un ejemplar de su bestiario musical.

“¿Ves? Es un tono especial que tiene una cola, como que emite un ruido al caer”.

Y sí.

Es como el trino orgulloso de un pájaro robot, color rosado policromado.

Nacido en Pereira hace 29 años, Julián Salazar es un tipo silencioso, medio críptico, que hasta podría pasar por antipático. Pero no. Es simplemente un alma medio autista, abstraída en su universo imaginario, que entre semana se duerme a las nueve de la noche y se despierta a las cuatro de la mañana para entregarse el día entero a la disección de sus bichitos selváticos con su para nada despreciable colección de sintetizadores análogos.

“Aunque a veces también me gusta ver documentales nazis”, me dice después. Y luego lanza una carcajada histérica, una risita aguda de loco acompañada por unos ojos muy abiertos y un movimiento corporal convulsionado que recuerda sus agitaciones en el escenario.

Atravesada su espina dorsal por el sonido, electrocutado todo por las frecuencias musicales, Julián es uno de los intérpretes más somáticos que he visto en tarima. Cuando toca su guitarra o calibra sus máquinas arquea la espalda hacia delante y hacia atrás de manera agresiva pero armónica. Una intensa cópula musical que, afianzada frente a miles en centenares de toques a lo largo y ancho del planeta durante los últimos seis o siete años, resulta tan perturbadora como hipnotizante.

“Ya perdí la cuenta de los países en los que hemos estado con Bomba”, me dice, mientras me muestra un grueso pasaporte, que en realidad son tres, repleto de sellos internacionales.

Debido, en gran medida, a la apretada agenda de la banda de Simón y Liliana y al papel que él ha adquirido en su interior desde la publicación del celebradísimo Estalla en el 2008 (además de coproducir este disco, más recientemente compuso la música de canciones como “El alma y el cuerpo”, “Pájaros”, “Lo que tengo que decir” y “Qué bonito”), Julián tuvo que aplazar la germinación de esa idea musical inspirada por aquella epifanía selvática hasta 2012, con el lanzamiento de un disco espontáneo y visceral que, hecho entre giras, le sirvió para introducir el concepto de su proyecto, al que bautizaría Mitú, y de paso, arrollar y desconcertar a muchos por igual con su carácter.

Con Potro, animal salvaje desde su nombre mismo, Mitú planteó una propuesta de ruptura frente a una nueva generación de música colombiana que, aunque innovadora, aún no llegaba a tal estado de clímax ni de furia maquinal en su catálogo, ni se salía de la exploración explícita de los clichés del universo tropical (“no todos somos tan felices”, me manifestó en cierta ocasión para distanciar su proyecto del de sus contemporáneos). Caracterizado por secuencias altaneras de sintetizadores marcadas por el robusto golpe de su socio Lamparita en el tambor, el disco presentó un concepto justamente bautizado como “techno palenquero”. Como un Underworld con caderitas, electrónica de avanzada con indudable raigambre afrocolombiana.

Hijo del gran Laureano “Lámpara” Tejedor (Las alegres ambulancias, Las Estrellas del Caribe) y heredero de la milenaria dinastía de tamboreros que ata a su natal San Basilio de Palenque con el África, Franklin Tejedor apareció en el panorama de Julián hace seis años, cuando el joven músico fue invitado a tocar con Bomba Estéreo en un concierto en Cartagena en el marco del Hay Festival: “Desde entonces tenía la intención de ver qué pasaba con él. Le veía la aptitud de no querer tocar folclor estrictamente, si no de ver qué podía hacer con eso en otro contexto. De cierto modo era mi misma búsqueda. Yo tampoco quería hacer minimal o house o techno estricto, yo quería hacer música electrónica pero desde mi propia perspectiva. Ambos queríamos encontrar nuestra propia sonoridad”, recuerda Julián.

Unidos entonces por esta necesidad de desmarque y después de un par de sesiones experimentales, se juntaron como dúo para crear una fórmula infalible para la pista de baile.

Y es que hay que ver el poder que se traen en vivo este par.

Julián y Lamparita en su faceta de modelos de ropa de verano. Foto por Paula Thomas.

En concierto, Julián se aparea con doce o trece módulos interconectados, desde los que dispara al infinito los ruiditos de sus animales siderales. Llamados que retuerce y despluma casi con rabia, oprimiendo con fuerza los botones, deshuesando perillas, arrancándole chillidos a la máquina. Por su parte, mientras castiga el pellejo de su alegre, Lamparita lanza arengas en su lengua nativa, frases como “¡asina wue!” o “¡a zurunguia!” que, sumadas a la mezcla embrujadora, conducen al público a un violento zarandeo. Como el soundtrack de una selva sacudiéndose.

Como un puro exorcismo ritual.

Julián, que no es muy dado a profundizar en el carácter emotivo de su música y más bien prefiere detenerse en los pormenores de su producción (le resulta más fácil hablar de conceptos como “timbre” que de otros como “duelo”), confiesa escuetamente que su viaje con Mitú lo ha llevado “a sanar cosas que necesitaba sanar”.

Ese arranque brusco e instintivo con el que nació el proyecto (quizás por los largos años que duró atascado en la cabeza de su creador), ese espíritu hardcore que, inclemente, no daba tregua al cuerpo ni para respirar, fue sin duda la máxima virtud de esa primera entrega. Pero también, para muchos, esa actitud, que quizás guardaba mayor congruencia como improvisación en vivo que como trabajo discográfico, fue también su máxima debilidad. Y sin embargo, hablamos de un proyecto que se inscribe menos en la onda de un, qué se yo, Daft Punk, que en la del mismo tambor palenquero, caracterizado por el latido primitivo, el mantra mágico circular. Menos en la línea de una banda de canciones que en la de un acto ruidista como Fuck Buttons, que aparte de la selva es la única influencia explícita que menciona Julián. Una experiencia que, tanto a nivel místico como experimental, hace pensar en "Tomorrow Never Knows" de los Beatles como pieza esencial de su linaje.

Y es que, ante todo, Mitú es una banda de paisajes. Y más aún: de metáforas. Plagada de grillos de neón y selvas artificiales, máquinas de beats y tambores palenqueros, revelaciones lisérgicas y rumores macondianos, el proyecto de Julián y Lamparita no es sino un compendio de comentarios acerca de la libertad.

Una fina ironía, en todo caso.

Luego de dos años de presentaciones en distintos escenarios del país y de Europa (aquí, por ejemplo, le abrió a The XX y allá estuvo presente en el Womex 2013), el dúo volvió al estudio a finales del año pasado y después de un proceso de producción que tomó hasta finales de febrero, se alista para dar a luz su segundo trabajo discográfico: Balnear.

Grabado entre Bogotá y San Basilio de Palenque (donde varias de sus comadres más ilustres aportaron con sus cantos), esta nueva entrega presenta un espectro más amplio del concepto original, una evolución en la que ya no es solo arisco techno de palenque (como lo muestra “Domini”, el primer sencillo del nuevo disco), sino también una especie de downtempo caribe, con episodios aún despiadados pero también con piezas lentas, introspectivas y cadenciosas que, aunque siguen remitiendo a esa ciencia ficción tropical, esta vez la selva no es tanto una vorágine, sino una especie de nostalgia. Un hálito espacial y cosmonáutico que alcanza sus momentos más conmovedores en las canciones donde prestan sus lamentos los locales palenqueros, como en “Lada”, en la que en una voz prístina Lamparita le canta a la soledad.

El cuidadoso diseño sonoro del trabajo le aporta profundidad al viaje. A diferencia del Potro, que fue grabado en directo y a dos canales, el Balnear se sirve de la consola como un instrumento más, resultando en un ecosistema 3D que amplifica los colores de la selva y a la vez, le da mayor carácter a los personajes de su trama. A los rumores de una naturaleza hermosa y sin embargo, salvaje.

Alguna vez le pregunté a Julián que por qué andaba persiguiendo estos paisajes.

“Me hacen de algún modo entender este planeta”, me respondió él.

Como quien dice: a darle sentido a la fábula.

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Escucha completo Balnear, el segundo LP de Mitú, acá: