Gie Knaeps / Getty Images

Chris Cornell, In Memoriam

El legado de Chris es inmortal y será tremendamente extrañado.

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20 mayo 2017, 12:00pm

Gie Knaeps / Getty Images

La pregunta trasciende franjas etéreas y sociales. Da igual si eres un cuarentón nostálgico del grunge, una buena señora de 70 años o un millennial hecho y derecho: ¿qué habrá llevado a un tipo talentoso, activo, guapo y artísticamente valiente a tomar la decisión de quitarse la vida? El caso de Chris Cornell (nacido Christopher John Boyle, el 20 de Julio de 1964 en Seattle, Washington) dejó boquiabierto a medio y mundo y con el corazón roto a un cuarto.

Cornell apareció muerto en su habitación de hotel en Detroit horas después que la actual gira de Soundgarden lo llevase allí para dar un show en el Fox Theatre. Es trágico, es espantoso, es tremendo que se muera la gente con mucho aún para dar, pero a esos adjetivos se le suman muchos otros —ambiguos todos— cuando esas muertes se deben a suicidios; allí mismo se abre un espectro inabarcable de analizar para todos los que quedamos de este lado. La estadística es aterradora: de los "cuatro grandes" de Seattle —con permiso de Screaming Trees y Mudhoney, se suele decir que Alice In Chains, Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden fueron las cuatro cabezas del movimiento grunge—, dos perdieron a sus frontmen a causa de suicidios (Nirvana y Soundgarden) y otro (Alice In Chains) no pudo evitar que el suyo muriese en medio de la miseria, debido a su adicción a la heroína.

Entonces surge la pregunta ¿de veras todo lo que rodea al grunge era tan oscuro, deprimente y… extremo? El grunge fue un movimiento musical que se apoyó seriamente en los cantantes de sus bandas míticas: todos fueron responsables en buena parte del sonido de cada grupo. Con distintas virtudes, cada uno fue —Eddie Vedder afortunadamente aún lo es— poseedor de una voz única. Todos fueron imitados hasta el hartazgo en un ridículo movimiento comercial estadounidense llamado post-grunge que incluyó grupos de muy dudosa calidad como Creed o Nickelback. Incluso bandas que llegaron a un nivel importante de popularidad —como Stone Temple Pilots o Silverchair— se subieron a aquella movida, pero les fue imposible alcanzar el nivel de autenticidad que tenían los originales de Seattle. Lo que Cornell y sus contemporáneos tenían en común era la pertenencia a ese lugar. Seattle a mediados de los 80 no era un espacio "cool". No existía Amazon, no existía Microsoft y Starbucks era sólo una pequeña tienda de café. Un limbo urbano lluvioso y frío. Una parte olvidada del mundo, convertida en el escenario ideal para que jóvenes aburridos y enojados pudiesen desarrollar su talento expresivo. Resultado: el corrosivo, melancólico-depresivo y poderoso sonido de Seattle. Bajos pesados, distorsiones a tope de posibilidades y baterías estridentes. No más. Una ecuación irrealizable en la San Diego de Stone Temple Pilots, donde llueve sólo 50 días al año.

Seattle

Los jóvenes seatleitas esquiaban en la montaña a media hora de la ciudad, saltaban al lago en los dos meses del año que el clima se los permitía, eran campeones en cultivar hierba en sus indoors, levantaban setas de los patios delanteros de las casas y bebían muchísima cerveza barata. Seattle era una ciudad maderera, su downtown prácticamente existía gracias a ese comercio y por esto los adolescentes de la ciudad se vestían como quienes luego serían rock stars universales: jeans, botas y camisas de franela. La "industria" en aquel entonces eran un numeroso grupo de amigos que tocaban en varias bandas a la vez. Baristas de café de día y embanderados del Do It Yourself más auténtico de noche.

Chris Cornell fundó la multicultural Soundgarden junto a Kim Thayil y Hiro Yamamoto, allí mismo, en medio de ese particular combo de circunstancias. Que la banda incluyese un hijo de indios y otro de japoneses, no era un detalle, era un manifiesto. En 1988 lanzaron su primer disco de estudio Ultramega OK —adivinaron, es un título irónico—, un entramado extraterrestre para la época en el que Cornell ya se mostraba como un cantante con carácter versátil. La música de Soundgarden daba un consistente paso creativo apoyada en la inspiración que les propinaban los densos y oscuros riffs de Black Sabbath, el ADN psicodélico de Led Zeppelin y el proto punk de MC5. Luego de la edición en 1989 de Louder Than Love, la carrera de Soundgarden fue a tono con la del resto de los grandes de Seattle: un ascenso y popularidad repentinos, signados por los intereses de grandes compañías discográficas que para 1991 ya los tenían a todos en su bolsillo. Los que en 1985 bromeaban sobre ser rock stars, en aquellos antros sudorosos donde celebraban sus austeros happenings, finalmente habían caído en la "trampa". Así como un hijo de vecino un día fundó Amazon y rápidamente se volvió millonario.

Fuera de Seattle, el mundo se refrescaba con esta nueva historia musical que tenía en Chris Cornell a una de sus voces e imágenes más potentes. Badmotorfinger de 1991, llevó a Soundgarden al siguiente nivel. MTV rotaba incesantemente los videos de "Jesus Christ Pose" y "Outshined", que aterrizaban en televisores de todo el mundo. Y la contradicción en las letras de Cornell se mantenía al rojo vivo: "Looking California… Feeling Minnesota" (" Luzco como California… me siento como Minnesota"). Pero la máquina no se detenía y Soundgarden compartiría el slot de teloneros con Faith No More en la monstruosa gira de presentación de los Use Your Illusion de Guns N' Roses.

Ese mismo año se fundaba Temple of the Dog, quizá el mayor súper grupo grunge que incluía miembros de Soundgarden y Pearl Jam. La banda surgía como un tributo a Andrew Wood, frontman de Mother Love Bone —agrupación que precedió a Pearl Jam—, muerto en 1990 por sobredosis de heroína —oh, sí y Mike Starr, bajista original de Alice In Chains, corrió la misma suerte en 2011. La canción "Hunger Strike", corte de difusión del único disco homónimo, se volvió un clásico del género.

Para 1994 las cosas se pusieron aún más intensas con el best seller Superunknown: cinco millones de copias vendidas sólo en EEUU, un puñado de temas que marcarían a fuego a una generación entera ("Spoonman", "Fell On Black Days", "Let Me Drown", "4th of July", "Black Hole Sun") y el comienzo del desgaste.

Down on the Upside, lanzado en 1996 y continente de un sonido aún más matizado que el de su antecesor, que evidenciaba la idoneidad de Cornell para los ritmos apacibles en temas como "Zero Chance" o "Boot Camp", fue la última muestra de aquella etapa de Soundgarden. La banda se separaba en 1997, luego de participar de la polémica edición de Lollapalooza de 1996 junto a Metallica.

De solista a Audioslave

En 1999 Cornell lanzó su disco de culto, el solista Euphoria Morning. Experimentando distintos matices —folk rock, psicodelia, estéticas acústicas—, Cornell salió triunfante en cuanto a la opinión de la crítica, aunque las ventas no pudieron compararse a los éxitos de Soundgarden.

Antes de volver con Soundgarden en 2010 y lanzar King Animal en 2012, Cornell hizo equipo con Tom Morello, Brad Wilk y Tim Commerford de Rage Against The Machine con quienes lanzó tres discos en medio del momento más tumultuoso de su vida, luchando con adicciones varias y "entretenido" con el juicio de divorcio con su primera esposa. Luego de esta contingencia legal Cornell quedó alejado de su primera hija Lillian Jean.

Fue con Audioslave que un servidor tuvo la oportunidad de verlo por primera vez en concierto. Lo recuerdo intentando zapar con cierta torpeza en Madrid en 2003. A su lado, Chuck D, que estaba de invitado ya que Public Enemy era parte de aquella versión del Festimad. Chris lo miraba rapear como un demonio e intentaba seguirlo con su acústica. Reía de lo bizarro e intenso de la situación. Fue un goce poder observarlo: con todas sus horas de escena, con su inabarcable experiencia, pero disfrutando de algo nuevo. Una foto fresca y poderosa. Sólo un par de oportunidades más de verlo en directo me dejaron en claro que Cornell siempre fue, aparte de un cantante extraordinario con un registro asombroso y sobre todo un gusto musical característico, un artista sin reparos para salirse de la norma. En el rock hubo muchos vocalistas, pero no muchos con el nivel de excelencia de Cornell. Su voz embrujaba, conmovía. Era capaz de sumergirte en el infierno y mostrarte la belleza que podía haber en él.

Foto: Simon Jacquier


Rest In Power

Vaya uno a saber qué puede haberlo llevado a tomar una decisión como la que tomó, pero lo que ahora queda claro es que cuando decía que se sentía "superado" ("Outshined"), cuando reclamaba que había sido concedido con el don de la vida pero que no le habían explicado cómo hacer para vivir (en "Show Me How to Live" de Audioslave) o cuando decidió meter un snippet de "In My Time of Dying" de Led Zeppelin ("En mi momento de morir, no quiero que nadie sufra. Sólo lleven mi cuerpo a casa") en medio de su última interpretación de esa joya áspera y dolorosa que es "Slaves & Bulldozers", posiblemente estuviera hablando muy en serio. Se hace difícil pensar en todo el sufrimiento que habrá pasado hasta el miércoles a la noche, lo mismo que lo que le tocará vivir a su mujer actual y sus tres hijos. Su voz será tremendamente extrañada y sus miles de fans seguirán fieles a su legado, inmutables como piedras, en ese gran espacio que dejó lleno de vacío.

"En mi lecho de muerte rezaré a los dioses y los ángeles.
Como un pagano que reza a un cualquiera que lo llevará al cielo.
A un lugar que recuerdo.
Estuve allí hace mucho.
El cielo estaba lastimado.
El vino fue sangrado.
Y hacia allí tú me guiaste."

"Like a Stone", del disco homónimo de Audioslave (2002).

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