De La Patagonia a Tijuana: un viaje por la cumbia en América Latina

Un recorrido por la génesis de este ritmo cadencioso en países de Sur y Centro América.

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nov. 21 2017, 8:43pm

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Primero vino el descubrimiento de América. Luego se dio el mestizaje forzado de estas tierras, y después, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, empezaron a surgir algunos de los estilos nacionales de música popular más relevantes de la joven, incipiente y esplendorosa historia de la música en América.

Uno de esos milagros fortuitos fue la cumbia de Colombia.

Desde sus albores inexactos en cierto lugar de la geografía y en cierto momento de la historia colombiana, la cumbia se ha ido transformando y lentamente se ha convertido en un fenómeno musical de dimensiones universales. De la Patagonia a Estados Unidos ha echado raíces por las profundidades de América Latina, pero su popularidad la ha replicado por el resto del mundo, especialmente por Europa.

No tenemos certeza de sus orígenes, pero una intuición heredada dice que surgió en el Caribe. Unos dicen que nació en la región de la denominada Depresión Momposina, de ya míticos pueblos cumbieros como Mompox, El Banco, Chimichagua y Tamalameque. Otros, que su cuna es Cartagena de Indias. Pero tantas han sido sus variaciones que incluso en países como Argentina y México, por descabellado que parezca, reclaman su paternidad.

Sus mutaciones no son nuevas. La cumbia es un organismo vivo. Desde que Lucho Bermúdez la introdujo en Argentina en los años cuarenta y Luis Carlos Meyer grabó ‘La cumbia cienaguera’ en México por allá en 1950, el género se ha regado por casi todos los países del continente americano, a excepción de Brasil. Hoy es posible encontrar experimentos con electrónica y jazz que tienen como punto de partida a su cadencioso y sencillo ritmo.

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Imagen: Noisey en Español

En esta breve introducción encontrará a la cumbia en sus diversas manifestaciones latinoamericanas: la andina y sicodélica de Perú, la sonidera de México, la contestataria de Chile, la cheta de Uruguay, la experimental y la villera de Argentina, la orquestal de El Salvador y Venezuela, la de acordeón y órgano de Ecuador y, por supuesto, las diversas mutaciones que ha tenido a lo largo de la historia musical colombiana.

Aunque en Paraguay y Bolivia se hacen cumbias —un proceso reciente ligado, específicamente, a la tecnocumbia—, hemos prescindido de su mención al encontrar muy pocas fuentes documentales que nos ayuden a dibujar un paisaje somero de lo que allí sucede.

En cuanto a Panamá, su universo cumbiero es tan amplio que acudimos Nodier Casanova, un experto en la materia que nos contó en quince datos los pormenores de la cumbia panameña. Los presentaremos en los próximos días.

Sin más preámbulo, bienvenidos a este viaje por los fabulosos vericuetos de la cumbia en América Latina.

Colombia

Imagen: Noisey en Español.


No hay certeza histórica de los orígenes de la cumbia, pero sí hay un consenso al respecto, que presento aquí con una cita de El libro de las cumbias colombianas (2017), un valioso documento de los investigadores colombianos Juan Sebastián Ochoa, Carlos Javier Pérez y Federico Ochoa que, más allá de dogmas y cánones, traza un mapa de las modalidades de la cumbia en Colombia.

La cita dice así:

“La cumbia es un tipo de música que surgió y se consolidó en Colombia en la primera mitad del siglo XX y luego se expandió por el continente convirtiéndose en uno de los ‘géneros’ musicales más difundidos a lo largo y ancho de América Latina, y hoy en día la encontramos desde México hasta Argentina, pasando por Chile, Perú, Ecuador, y toda Centroamérica continental”.

La palabra cumbia hace referencia a un evento ‘músico-danzario’. Y esto —la etiqueta sobresimplificada de que fue provisto un cierto tipo de música bailable en el universo sonoro del Caribe colombiano— es el punto de partida de los investigadores. El arranque para describir, entonces, tres tipos de cumbia: la de flauta de millo, la de acordeón y la de orquestas y conjuntos.

Arraigado sobre todo en el departamento de Atlántico, en especial en municipios como Soledad, el conjunto de flauta de millo está fuertemente arraigado a la tradición del Carnaval de Barranquilla. Conformado por tambora, tambor llamador, tambor alegre, guache y flauta de millo, este estilo contó como gran representante con la Cumbia Soledeña, dirigida por el recientemente desaparecido Efraín Mejía.

Suele atribuírsele un origen inmemorial, pero la cumbia de millo se registró fonográficamente solo hasta entrados los años sesenta con el disco Pa gozá el carnaval (1963) de la Cumbia Soledeña. Allí aparece Pedro ‘Ramaya’ Beltrán, el más famoso millero que en 1969 fundó la Cumbia Moderna de Soledad que, como su nombre lo indica, marcó la pauta modernista del tradicional formato. Otros reconocidos intérpretes de caña de millo: Aurelio Fernández, Néstor Julio Polo y Santiago Ospino.



Ligada hegemónicamente al vallenato, la música de acordeón ha tenido prácticas vinculadas a la cumbia provenientes específicamente de la región de los Montes de María. Su formato indefinido cuenta con el acordeón como instrumento melódico principal y con instrumentos de percusión como la caja, la conga y la guacharaca y tuvo en las manos de Andrés Landero a su intérprete más conocido.

Nacido en San Jacinto, Bolívar, Landero tuvo la oportunidad de divulgar su música gracias a las grabaciones que hizo con Discos Fuentes a finales de los años cincuenta. Su estilo bien podría ser una síntesis de la música de gaitas largas y se convirtió en su rasgo distintivo, que lo popularizó en México y América Central.

Las cumbias de acordeón encontraron una amplia difusión gracias a intérpretes del vallenato como Náfer Durán, Alberto Pacheco, Alejandro Durán, Abel Antonio Villa, Juancho Polo Valencia, Gilberto Torres, Morgan Blanco, Alfredo Gutiérrez, César Castro y Lucho Campillo, Liborio Reyes, Miguel Durán, Policarpo Calle, Marciano Torres, Calixto Ochoa y Luis Enrique Martínez. Este último es el responsable de dos recordadas cumbias de acordeón: la ‘Cumbia sampuesana’ y la ‘Cumbia cienaguera’.

Otros músicos y grupos no asociados al vallenato que aportaron famosas cumbias de acordeón fueron Juan Tuirán, Edilberto Benítez, Gildardo Montoya, Héber Macías, el Conjunto Miramar y Ramón Ropaín.

En tiempos más recientes, el veterano acordeonero platense Carmelo Torres ha puesto a la cumbia de acordeón de nuevo en la palestra. Alumno de Andrés Landero, apareció hace unos años en la escena junto a la agrupación bogotana Los Toscos y a su agrupación Cumbia Sabanera.

Sigamos la taxonomía de El libro de las cumbias colombianas para encontrar a las cumbias de orquesta y conjunto mixto.

Las de millo y las de acordeón corresponden a tradiciones musicales de carácter rural. Las orquestales y las de conjunto, en cambio, se mueven bajo la lógica de la industria musical, que en los años sesenta vivió su mayor despliegue.

Así aparecen en la década de los treinta orquestas de baile influenciadas por la música cubana, por el jazz norteamericano y por las bandas pelayeras. De la Atlántico Jazz Band, la A Número 1 de Pianeta Pitalúa y la Orquesta Emisora Fuentes emergieron los músicos que más adelante se convertirían en los íconos de las cumbias orquestales: Rufo Garrido, Clímaco Sarmiento, Pacho Galán, Simón Mendoza y Lucho Bermúdez.

Cosmopolitas, académicas, en cierta medida amoldadas al gusto musical de las clases medias y altas, las cumbias de orquesta hallaron patrocinadores en casas discográficas como Discos Tropical, Discos Fuentes, Sonolux o Codiscos. Si bien el formato más común fue el de big band, surgieron diversas variaciones como el caso de los Corraleros de Majagual. Entre los conjuntos de este tipo sobresalen Juan Piña y sus Muchachos, Combo los Galleros, la Orquesta Sonolux, Juancho Vargas, Jaime Simanca y sus Fandangueros y Combo Los Charangueros.



De otra parte, los adolescentes apostados en Medellín, Bucaramanga, Manizales, Bogotá y Cali reinterpretaron a su manera los ritmos tropicales colombianos, entre ellos, por supuesto, la cumbia. Inspirados en el rocanrol, los jóvenes, entusiastas, popularizaron un estilo de música estandarizado. Estilo que, más adelante, fue apodado con el peyorativo ‘chucu-chucu’. De esta pléyade se destacaron Los Teen Agers, Los Falcons, Los Bobby Soxers, Los Hispanos, Los Satélites, Los Graduados, Los Black Stars, Los Be Bops, Los Golden Boys, el Sexteto Miramar, Los Univox, Los Picapiedra, Combo de las Estrellas, La sonora Universitaria, Los soberanos y Los Monjes, entre muchos otros.

Hoy encontramos un rango amplio de nueva cumbia en Colombia. Va del pop edulcorado de Carlos Vives al jazz subversivo de El Ombligo. En medio de estos dos polos, nos topamos con el desmadre electrónico de Cero 39, Dub de Gaita, Quantic, Mitú, Systema Solar, Tricófero de Barro, Pernett, Milmarías, Bomba Estéreo o Frente Cumbiero. También con el humor despiadado de Puerto Candelaria, la cumbia jazzera de Metropolizón y Gregorio Uribe, con las conexiones entre sonidos modernos y viejos de La Perla, los sampleos inverosímiles de Romperayo, la alegría punk de la Tromba Bacalao o Papaya Republik, el viaje sicodélico de Espeisbroders o Ghetto Kumbé y la anarquía tropical de Los Pirañas y Meridian Brothers.

Ecuador

La conjunción en coordenada tropical de los ritmos andinos sucedió de manera simultánea en Perú y Ecuador en los años sesenta.

Los sonidos provenientes de orquestas tropicales colombianas como las de Lucho Bermúdez y Pacho Galán fueron bien recibidos y asimilados, pero muchos de los grupos que hacían su versión de la cumbia colombiana quedaron en el olvido.

Se salvó de la indiferencia el acordeonista, organista y poeta Polibio Mayorga, quien en 1967 compuso ‘Cumbia triste’, considerada la primera y más famosa cumbia de origen ecuatoriano. Junto al Quinteto Casino, Gracián y sus Vallenatos y Los Locos del Ritmo, Mayorga gozó de una popularidad compartida con el gran saxofonista Olmedo Torres con quien grabó éxitos como ‘Casita de pobres’, ‘Cumbia de mis penas’, ‘Laminga’, ‘Jilguerito’, ‘El fiestón’, ‘Perro sin dueño’ y ‘Ponchito de colores’, esta última, una cumbia andina de 1974 —la primera que Polibio grabó con moog— retomada con gran éxito por Afrosound en Colombia.

Otro músico ecuatoriano crucial en el devenir de la cumbia continental es Medardo Luzuriaga González, director de Don Medardo y sus Players, míticos cumbieros hermanos que contaron con la emblemática voz de Gustavo Velásquez, otro hito de la cumbia en Ecuador.

A mediados de los años noventa se popularizó la tecnocumbia, que mezcla ritmos folclóricos como los albazos y los pasacalles con cumbia, por supuesto. De esta andanada de grupos y solistas se destacan, entre otros, Ricardo Suntaxi, Sharon la Hechicera, Jazmín la Tumbadora, Las Chicas Dulces, Grupo Deseo, Hipatia Balseca y Verónica Bolaños.

La musicóloga Ketty Wong Cruz fenómeno disecciona con detalle el fenómeno en su libro La música nacional. Identidad mestizaje y migración en el Ecuador (2013).

Perú

A finales de los años sesenta nació la cumbia peruana, también conocida como ‘cumbia chicha’. El apelativo se popularizó luego de que Los Demonios del Mantaro publicaron una canción llamada ‘La chichera’, dedicada a una vendedora del legendario licor indígena.

Varios factores se sumaron para permitir el surgimiento y el esplendor de uno de los capítulos más emocionantes de la música popular de Perú.

La semilla tropical sembrada a comienzos de la década de los cincuenta por Dámaso Pérez Prado floreció en agrupaciones como La Sonora de Lucho Macedo, que en 1965 editó Cumbia que te vas de ronda, un disco consagrado al ritmo colombiano. Por esa misma época, Los Pacharacos grabaron una cumbia en que incorporaron a Bernardo Hernández, un guitarrista destinado a convertirse en un astro de la cumbia peruana bajo el nombre artístico de Manzanita. En paralelo al éxito de Macedo, las cumbias del venezolano Hugo Blanco alcanzaron una popularidad arrolladora.

De ahí en adelante todo fue un caudal incontenible en que la cumbia se mezcló con surf, guaracha y músicas andinas.

Sobrevino la época dorada de la cumbia peruana con nombres tan recordados como Los Orientales de Paramonga, Los Rumbaney, Los Demonios de Corochocay, Pedro Miguel y sus Maracaibos, Los Destellos del gran Enrique Delgado, Los Beta 5, Aniceto y su Fabulosos, Los Ecos y Los Diablos Rojos, entre otros que cincelaron un estilo único caracterizado por mezclar punteos sicodélicos con valses criollos, moogs con guiros, percusiones caribeñas con melodías andinas y el universo del chamanismo con ritmos brasileños como el carimbo y el rocanrol.



En simultánea con esta efusión costera y andina de la cumbia, de Moyobamba y Tarapoto a Nuevo Progreso y Pucallpa —pueblos ubicados en la amazonía peruana—, aparecieron una cantidad inusitada de bandas que salieron a la luz en el catálogo de Infopesa, legendario sello fundado por Alberto Maraví, un exlocutor radial (también fotógrafo, empresario y cronista musical) que se dedicó a viajar por Perú y buscar los sonidos tropicales más originales. Lo que halló Maraví en su periplo fue oro puro: Los Mirlos y Juaneco y su Combo.

Uruguay

El influjo de la música procedente de países caribeños y centroamericanos en Uruguay data de los años cincuenta cuando llegaron por primera vez discos de Cortijo y su Combo y la Sonora Matancera.

El compás de plena se compaginó con comodidad con el candombe —ritmo afro-uruguayo paradigmático—, pero también hubo acercamientos a la cumbia colombiana registrados en los surcos de los discos editados por el sello Macondo, fundado por el empresario chileno Luis Onel.

Del amplio repertorio tropical uruguayo, entronizado en la cumbia, se destacan canciones grabadas por Sonido Cotopaxi, Grupo Electrónico Keguay, Las Estrellas de Macondo y Grupo Manatí. La historia dorada de Macondo fue contada recientemente por Nandy Cabrera, ex-integrante de Platano Macho y mejor conocido como Selectorchico, en la excelente recopilación Macondo revisitado: The roots of subtropical music. Uruguay 1975- 1979, editada por el sello español Vampisoul.

A pesar de dominar el mercado, la música tropical en Uruguay —considerada subversiva— fue censurada por la dictadura a mediados de los años setenta. Solo hasta hace un par de años, un fenómeno comercial ligado a la cumbia tuvo de nuevo resonancia mediática. Se trata de la llamada ‘cumbia cheta’ o ‘cumbia pop’, una etiqueta que la prensa rioplatense le adjudicó a cierto tipo de cumbia ligera —alegre y optimista— que se tomó por sorpresa los mercados.

Antagonista de la agreste villera tan popular al sur del Río de la Plata, este tipo de cumbia proveniente de las clases acomodadas uruguayas estalló a partir del verano de 2015 con grupos como Rombai, Toco para Vos, Tocama, Marama, Mawi, Lola y Buen Puerto, entre otros.

Chile

Tras la revolución cubana en 1959, las orquestas cubanas dejaron de ir a Chile. Se creó un vacío llenado por la irrupción sorpresiva de la cantante colombiana Amparito Jiménez, que llegó al país en 1964, año en que grabó el ya legendario disco Fiesta de cumbiamberos donde se incluyó su versión de ‘La pollera colorá’, la canción que popularizó la cumbia en Chile. De manera paralela Luisín Landaez, el bongosero de la Billo’s Caracas Boys, se anotó un par de éxitos en tierras australes con ‘La piragua’ y ‘Los cien años de Macondo’.

Así se sentaron las bases del cadencioso ritmo colombiano asimilado por la Sonora Palacios, que en 1964 registró Explosión de cumbias, la primera grabación comercial de cumbia chilena. Este estilo también fue cultivado por Pachuco y la Cubanacán, La Sonora de Tommy Rey, Giolito y su Combo y los Viking 5 de Coquimbo, entre muchos otros.

En la década de los ochenta, influenciado por la chicha peruana, Carlos Baltazar, alias ‘El Loco Carloto’, formó el grupo Escape Libre, principal promotor de la cumbia andina en Chile.

Para los años noventa, la cumbia romántica conquistó el mercado discográfico chileno con Fantasía y Alegría, dos grupos provenientes de Punitaqui. En Alegría se destacó Américo, punta de lanza de un estilo de cumbia popular que se consolidó en el nuevo milenio con La Noche, Leo Rey, Noche de Brujas y Grupo Megapuesta.

Imagen: Noisey en Español

En reacción a un estilo musical considerado ligero, abiertamente políticos e influenciados por el trabajo de Joe Vasconcelos, por las viejas orquestas tropicales de los sesenta, por algo de ska, klezmer, hip hop, punk, reggae, folclor gitano y sonoridades antillanas, a principios de la década del 2000 surgen los representantes más conocidos de la llamada ‘nueva cumbia chilena’: Chico Trujillo, Banda Conmoción, Villa Cariño, Juana Fe, Combo Ginebra y Mano Ajena.

Venezuela

Dada su cercanía geográfica con Colombia, la cumbia entró muy fácil a Venezuela en los años dorados de la música tropical en los años sesenta. El primer grupo en tocarla fue la Billo´s Caracas Boys que, dirigidos por Billo Frómeta, la combinaron con el merengue dominicano. En esa misma línea de cumbias suntuosas y orquestadas, podemos nombrar a Los Melódicos de Renato Capriles, el Súper Combo Los Tropicales, Sexteto Los Blanco, Orlando y su Combo, la Orquesta Sonorámica y la Orquesta La Playa donde cantó el reconocido Nelson Henriquez.

Al mismo tiempo, personajes como el italiano Mario Carniello y Tulio Enrique León se sumaron a la moda continental de interpretar cumbia con órgano hammond. Por su parte, el caraqueño Hugo Blanco logró una combinación inédita: tocar cumbia con arpa venezolana. El resultado –una curiosa y explosiva mezcla entre cumbia, guajira y joropo- fue un éxito que traspasó fronteras.

Mención aparte merece la figura de Pastor López, quien se inició en la orquesta de Nelson Henríquez y se consolidó en el grupo de Aníbal Velásquez. López, llamado a veces como el “Rey de la cumbia”, popularizó “Traicionera”, una cumbia que está en el ADN de todos los latinoamericanos.



Argentina

En los años setenta ya se habían populariado: la 'cumbia santafesina' en la ciudad de Santafé, la 'norteña' en la región del noreste argentino, y un amplio sector de bailadores -de música tropical y chamamé- se agolpaban en las denominadas 'bailantas'.

A finales de los años noventa, la cumbia se convirtió en un fenómeno musical en Argentina gracias a la explosión mediática de la cumbia villera. Después de esta explosión inusitada, la cumbia se disparó en muchas direcciones atravesando transversalmente casi todos los sectores sociales argentinos: de la controvertida villera a la turra, de la cheta o pop a la digital con tintes experimentales.

La cumbia en la Argentina ostenta una larga tradición que se remonta a mediados de los años cincuenta.

Si bien a finales de los años treinta la orquesta del cajibiano Efraín Orozco tuvo una esplendorosa acogida en renombrados salones de baile y prestigiosas emisoras, donde puso a bailar a los porteños con sus jazzeras versiones de porros y cumbias, fue un jovencito cartagueño quien, sin saberlo, habría de inyectar el virus de la cumbia en la Argentina.

Hernán Rojas nació el 22 de septiembre de 1932 en el municipio de Cartago, al norte del departamento del Valle del Cauca, en Colombia, una región que es cuna de músicos insignes como Billy Pontoni y Pedro Morales Pino.

Siendo apenas un estudiante se trasladó a Argentina para culminar sus estudios en la Facultad de Medicina de La Plata. Su llegada al sur del continente coincidió con la caída del general Perón, y esto suscitó un cierre temporal del recinto académico. Se vio obligado a emplearse como albañil, carpintero y pintor hasta que, junto a unos compañeros de estudio, formaron Los Wawancó, pioneros de la cumbia en Argentina al lado de Los Macumbas y Los Dandis.

Antes del advenimiento de la cumbia villera a comienzos del nuevo milenio, la cumbia norteña y la romántica —encabezadas por el Grupo Sombras y Malagata, lideradas este último por el cantante Antonio Ríos— dominaron el gusto popular. En los años noventa, la cumbia adquirió una importancia mediática gracias a proyectos como Alcides, Ricky Maravilla, Gladys, Lía Crucet, Gilda, Commanche y Poncho La Pantera.

La profunda crisis económica derivada de las políticas neoliberales del gobierno de Carlos Menem afectó a las clases menos favorecidas. Marginados en la zonas humildes de la zona norte del Gran Buenos Aires, en asentamientos precarios llamados Villas de Emergencia, muchos músicos expresaron su desazón a través de un estilo de cumbia criminal, anarquista y nihilista que recibió el apelativo de villera, tras la publicación del disco Cumbia villera de Yerba Brava en 1999 .

Influenciado por el punk, embebido por la crítica cruda al menemismo y apologeta de la dura vida callejera de las Villas de Emergencia, Pablo Lescano formó Flor de Piedra, un grupo al que se le atribuye el primer disco de cumbia villera: La vanda más loca.

Lescano también estuvo detrás de Damas Gratis, la más emblemática de la movida que tuvo alta popularidad en las manos de Mala Fama, Pibes Chorros, Canto Negro, Los Gedes y La Base Musical, Piola Vago, entre otros.

La cumbia villera se suavizó al empezar a ser consumida por la clase media como música festiva y empezó su declive en la década pasada. Sin embargo, su influencia en la cultura popular argentina es tan notable como su propagación por países como México, Paraguay, Bolivia, Uruguay, Chile e incluso Colombia.

Influenciada por la delirante cumbia experimental presentada en las dos versiones del Festicumex —encuentro musical desopilante encabezado por Dick el Demasiado—, surgió a mediados de la década pasada la movida de la cumbia digital que ha tenido como enclave el sello ZZK Records. Nombrado en honor al filósofo Slavoj Zizek, este sello acogió a varios exponentes de la nueva cumbia electrónica en Buenos Aires como King Koya, Villa Diamante, Chancha Vía circuito, El Remolón, Fantasma y Tremor.

El Salvador

EN los años cincuenta, muchas orquesta salvadoreñas de música tropical visitaron Colombia. Encantados con la cumbia, sus integrantes volvieron a su país y adoptaron el género de manera muy personal.

Uno de los casos más recordados es el de Lito Barrientos, quien introdujo la cumbia a El Salvador por allá en 1955. Con Discos Fuentes grabó en 1965 Very very well, un elepé que contiene la inmortal ‘Cumbia en do menor’. Junto a Barrientos, fueron precursores de la cumbia en El Salvador Francisco Palaviccini —director de la Orquesta Internacional Polío—, Luis Alfonso Polío, la Orquesta Tropicana, Orquesta Baranoha y Orquesta de los Hermanos Lechuga de Santa Ana.

Entre los años sesenta y los noventa se consolida la movida cumbiera en las tierras salvadoreñas con la Orquesta Hemanos Flores, la Orquesta Don Bosco, Orquesta Internacional la Boa, René Alonso y su Banda Láser, Grupo Melao Internacional y el Grupo Guanaco Sólido.

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