Foto: Luciano Rombolá

La cumbia villera: el hip hop argentino

Entre lo marginal y lo masivo, esta música ha narrado la cotidianidad porteña.

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nov. 23 2017, 4:55pm

Foto: Luciano Rombolá

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Buenos Aires es un volcán creativo. Y cuando de música se trata, también es uno de emociones encontradas.

A la ciudad le han cantado y dedicado composiciones Charly García, Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs, Carlos Gardel, Sumo, Astor Piazzolla y Fito Páez, entre otros. Y para saberlo no hay que entrar a Google o explorar en YouTube. Lo sabe el corazón latinoamericano, que también sabe que el tango, el rock, el punk, el pop, el ska y el reggae han vivido en Buenos Aires un torrente de emociones capitales: la alegría y la euforia, la tristeza y la rabia, el dolor y el amor, la melancolía y el desencanto.

Pero hay una música que se ha encargado de narrar lo que, a pesar de tantas cosas, las entrañas de la ciudad aún no logran digerir. Aquello que causa dolor, pero que es una realidad innegable: la de quienes están por fuera de las cifras del progreso, la de quienes no figuran en los índices de bienestar o no clasificaron para aparecer en las postales de la belleza del microcentro, de Palermo, de Recoleta o de Belgrano.

Hablo de la música de la miseria.

Y a la vez de la protesta y la esperanza.

Hablo de la cumbia villera.

Yerba Brava - Cumbia Villera

En Bogotá hablan de ‘tugurios’, en Caracas de ‘barrios’ en los que hay ‘ranchos’, en Río de Janeiro y Sao Paolo de ‘favelas’. En Lima, por su parte, de ‘asentamientos humanos’, en Santiago de ‘las comunas’, y en Ciudad de México de los ‘barrios bravos’. En Buenos Aires están ‘las villas’, y a las villas es clave entenderlas como los lugares en que el día a día con su inconformismo, su cotidianidad, sus bondades y su infortunios tiene su propio sonido.

En la mayoría de ciudades, el hip hop ha sido el canal de expresión que mediante rimas y fraseos no solo une artistas y audiencias, sino que sobre todo se ha convertido en el pregonero de la realidad y, en especial, de la marginalidad. Se trata de un legado artístico y social de Nueva York y Chicago que ya hace rato trajo a América Latina sus cuatro elementos fundacionales: el MC, el rap, el breakdance y el grafiti.

Pero Buenos Aires rompe este esquema. Su ventil, su desahogo, no ha sido el hip hop. Por supuesto, el hip hop porteño existe, pero aunque tiene sus artistas y sus espacios pero todavía es limitado. Ese puesto de expresión y evidencia de la realidad local que este no ha podido conquistar lo posee ya hace rato la cumbia villera.

Pibes Chorros

El género nace tanto de la cruda realidad como del oportunismo comercial y ha tenido su esplendor en este milenio. Lo ha tenido, precisamente, porque ha encarnado la mirada más local y más próxima a la naturaleza y la dinámica del hip hop. Con artistas, discos, eventos y espacios ha armado su circuito. Pero la exageración mercantil también lo ha hecho capaz de crear un modelo de exportación: una actitud que, algunos pensaron, reflejaba la única realidad de las villas: el villero que fuma marihuana, el villero que tiene una conducta criminal, el villero mujeriego, el villero cubierto de tatuajes.

Flor de Piedra

¿Tenés cumbia, che?

La cumbia en Argentina goza de aceptación y expresión. Y esto no es de ahora, sino de siempre. En los años cincuenta fue llegando y adentrándose por medio de los discos de vinilo, y pronto empezó a engendrar leyendas como Los Wawancó o los colombianos del Cuarteto Imperial, radicados en Buenos Aires desde 1964. Con el tiempo, el género tuvo también exponentes locales y dejó en las provincias argentinas adaptaciones como la cumbia santafesina o la cumbia norteña. Aceptada y consumida por las clases populares, por décadas ha acompañado la vida argentina.

Cuarteto Imperial

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Pero solo en los últimos veinte años, empujada por la turbulencia social, política y económica de Argentina, la cumbia se transformó y se volcó sobre las historias de la marginalidad y de la protesta. Así, se convirtió en la cumbia villera.

En los años noventa, Argentina se infló con el denominado ‘uno a uno’, aquella paridad cambiaria según la cual un peso era un dólar, que puso en el vilo a vivir a la sociedad . El descontento se había extendido, y en algunos sectores el famoso ‘aguante’ argentino se volvió imposible y desembocó en una crisis que en diciembre de 2001 vio pasar a cinco presidentes, llevó a miles de porteños a buscar una visa en los consulados para salir despavoridos del país, a otros tantos a saquear supermercados en medio del asfixiante calor del verano y terminó en la seguidilla de cacerolazos y en el ‘corralito’, que llevó a que a Buenos Aires le pusieran el apodo de Inciertos Aires o, más realista aún, Malos Aires.

Las condiciones eran críticas: desempleo, desabastecimiento, incapacidad de adquisición de lo mínimo para vivir y la impresión de que los ricos le sacaban provecho a la situación. El descontento se tomó a los argentinos, y en las villas porteñas se sintió a flor de piel: la gente llegó a comer gato, rata y sapo. Cuarenta por ciento de los argentinos cayó en la pobreza, y en 2003 el desempleo alcanzó 17 por ciento.

La villa porteña se convirtió en un reflejo del gueto estadounidense, en un lugar en que vivir es sobrevivir, en que buenos y malos se juntan, en que el riesgo y la esperanza están a la vuelta de la esquina, en que la calle es a la vez aliada y enemiga, en que la ley existe para solo algunos pocos. En un lugar así, la música es un refugio. Un lugar íntimo que aloja al amor, al apasionamiento, a la necesidad, la desventura, la adicción y la traición.

La cumbia que surgió en ese contexto ha tenido de los años noventa a hoy exponentes como Damas Gratis, Los Gedes, Pibes Chorros, Mala Fama, Meta Guacha y Supermerks2. Y se ha difundido apoyado en códigos musicales propios: los grupos de cumbia villera vienen de la formación de ensambles tropicales en que hay elementos como el güiro, los teclados y el bajo. Su cadencia sonora narra la vida del tipo que puede no distinguir lo bueno de lo malo pero que al vivir en una villa se tiene que cuidar. En el frenesí del vino, la cocaína o la marihuana enfrenta al amor, a la necesidad de sobrevivir, a la pasión y la agonía. Y, por supuesto, enfrenta también a aquella pasión que en Argentina semeja una religión: el fútbol.

Se hizo visible en los primeros años de este milenio sobre el lomo de sellos como Leader Music y Magenta, que prensaron y promocionaron a los artistas, los cuales, a su vez, condujeron al nacimiento del ‘starsystem villero’: un fenómeno cultural que empezó a figurar en los medios de comunicación, peor que siempre despertó controversia: ¿Era un reflejo de la situación argentina? ¿O una simple curiosidad local? ¿O, como algunos alcanzaron a comentar, un asunto deplorable y digno de ocultar?

¿100% negro cumbiero o Trve Hip Hop?

La cumbia villera se convirtió en la banda sonora de un país en crisis. Fue el sonido del descontento y, a la vez, de la reivindicación de un grupo humano que quería seguir con vida. Como el hip hop, al principio fue visto con recelo, pero terminó siendo parte de todo, no solo del mercado.

Hay similitudes y diferencias. La cumbia villera tomó elementos del ska, la murga y otras músicas para formar su sonido. El hip hop, en cambio, surge del funk, del disco y de otros géneros afrourbanos. Ambos estriban en la consciencia social, pero cada una a su modo. El villero se refiere a los barrios y a las dificultades de integrarse. El hip hop reivindica la marginalidad y rechaza de arranque a la sociedad. El villero suele vestirse con ropa deportiva para mostrarse cercano a su ambiente y descomplicado. Es común verlo con una remera de un equipo de fútbol. También el hopper es consciente de su vestir desde tempranas épocas del movimiento.

Malafama

Tanto la cumbia villera como el hip hop son expresiones urbanas, y sus líderes provienen con frecuencia de una realidad compleja. En algunos casos, las drogas, el crimen y la muerte han condenado a ambos géneros al amarillismo mediático. Y a los dos, así mismo, el mercado masivo los ha devorado. Entre otros, Vicentico, Los Fabulosos Cadillacs, Lito Vitale y Los Auténticos Decadentes se han aproximado a la cumbia.

Cumbia über alles y la ‘chetización’

La cumbia villera perdura.

Las villas perduran.

Perduran también los artistas que la cumbia en Buenos Aires tiene desde que irrumpió en 1999. Y están: la cumbia digital, la cumbia de salón y la cumbia del barrio. Esta última sigue dando a luz a artistas, a maratonistas en un fin de semana pueden hacer ocho, nueve, diez o más shows.

Todavía hoy la cumbia villera se mantiene en la cumbre. Se escucha, se baila, se exporta, se entremete en la movida tropical. Y se ha transformado: con el arribo del reguetón surgieron la cumbia pasteurizada cheta —gomela, cuica, sifrina, fresa, pituca, high class— y grupos hermosos (léase ‘hermozos’) como Agapornis, Los Bonnitos o Los Migrantes. Cumbia: preciosa y hermosa. Cumbia en que lo peor que puede pasar es que alguien se embriague y su novia lo deje.

Bueno, y también está la versión más moderna de lo tropical con grupos recientes como Wachiturros o NotaLocos.

Hoy vemos sus recitales en espacios consagrados como el Luna Park, la vemos aparecer en los ‘medios serios’, vivir encarnada en sus estrellas, reproducirse sin cesar. También ha sido objeto de estudios académicos. La cumbia villera no hace exigencias. Al igual que el hip hop, se renueva, y sus adeptos saben que en lo masivo no se oculta lo que representa.

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Agradecimientos: Ximena Franco, Soledad Tordini y Luciano Rombolá

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