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Kendrick Lamar hizo bien en no humillar a Trump en vivo

PorKristin Corrytraducido por Juan Regis

Ver a Kendrick despedazar a Donald Trump habría sido increíble. Pero no lo hizo y no debería cargar con la culpa.

La noche del lunes, Kendrick Lamar tenía todo preparado para cantar en el medio tiempo de la final del campeonato de futbol americano universitario entre Georgia y Alabama; también se esperaba la presencia de Donald Trump. Nadie podía sacarse de la mente el discurso que el partido emanaba: sus vibras no podían ser más opuestas pero ¿cómo interactuarían? Sin embargo, la confrontación nunca sucedió. Donald Trump dejó el estadio antes del medio tiempo, y Kendrick Lamar ni siquiera se presentó dentro del recinto, sino al otro lado de la calle en el Centennial Olympic Park para interpretar sus éxitos “ELEMENT.”, “DNA.”, “HUMBLE.”, y “All the Stars”.

Kendrick ha dedicado su música a la creación de un soundtrack de la negritud: un himno para el movimiento Black Lives Matter, un performance que desató el diálogo sobre el encarcelamiento masivo, y una portada de álbum que llevó un pedazo de Compton hasta la Casa Blanca. Del otro lado, el presidente Trump, tiene todos los antecedentes: inventó el concepto “alt-left” después de la muerte de un manifestante en Charlottesville, firmó una orden ejecutiva para prohibir la entrada a los Estados Unidos a ciudadanos de siete países musulmanes, y está haciendo todo lo posible por desmantelar el Obamacare. Trump ha construido su legado siendo estadounidense. No el tipo de estadounidense asociado al pay de manzana y las malteadas, sino el tipo desagradable. El tipo de estadounidense escondido en los libros de historia que solía erigir estatuas de opresores vestidos de héroes. Otro aspecto de la cultura estadounidense, una ligeramente menos atractiva y no tan dulce como el pay es el futbol americano.

Hemos visto a Trump decir que los jugadores de la NFL son unos “hijos de puta” por protestar en silencio la brutalidad policial con una rodilla sobre el césped. ¿Fue casualidad que Kendrick no se haya presentado en el mismo lugar que Trump? No. En una era donde Colin Kaepernick se ha convertido en un producto no rentable para la NFL por su intromisión en la política y el deporte, Kendrick y Trump son emblemas de una conversación que nadie quiere abordar, pero de la que se pretende hablar con fluidez. Al igual que lo suscitado el lunes por la noche, perdemos la oportunidad de vernos a los ojos; vamos a los mismo eventos pero no queremos abordar los problemas raciales de una forma significativa.

La relación de Kendrick con los presidentes, actuales y de antes, está bien documentada. En 2015, el presidente Obama nombró la canción “How Much a Dollar Cost” del álbum To Pimp a Butterfly una de sus canciones favoritas del año, e incluso la colocó dentro de sus cincos canciones preferidas el año siguiente. La relación entre ambos fue cautivadora, tanto que Kendrick lo retó a un partido amistoso de basquetbol en Compton, no sin antes añadir sazón a sus palabras. Su invitación a la Casa Blanca para formar parte de la iniciativa de Obama, My Brother’s Keeper, y celebrar el cumpleaños 18 de Malia fue el testamento de un vínculo capaz de forjar una camaradería que la Casa Blanca nunca había ofrecido al hip-hop. Lamar alzó la voz en torno a la presencia de Trump en la Despacho Oval. “Las diferencias clave [entre Obama y Trump] son la moral, dignidad, principios, sentido común”, dijo en entrevista para i-D. “¿Cómo seguir a alguien que no sabe cómo acercarse a alguien o hablar amablemente, con compasión y sensibilidad?”

El mundo transitó de una forma de liderazgo a otra cuando Trump tomó el poder. Desde el principio, su candidatura estuvo marcada por los crímenes de odio en todo el territorio sureño en ciudades como Charleston y Charlottesville. Fue muy diferente a la vibra que Obama inspiró con su campaña de esperanza hace una década. Fue todo menos la sociedad “posracial” que muchos pensaron surgiría una vez finalizado el mandato del primer presidente negro estadounidense. El sur y el medio oeste de los Estados Unidos se unieron al famoso “Trump Country” (nación de Trump), territorio donde no sólo habitan sus simpatizantes, sino también Georgia y Alabama, las dos universidades que disputaron la final de campeonato. La decisión de Trump de ir al partido –el primero de su presidencia— a disputarse entre dos estados con una tradición oscura no es de sorprenderse. Ya que la final tuvo lugar en Atlanta, ciudad donde más de la mitad de la población es de raza negra, incluyendo la alcalde recién electa, Keisha Bottoms, la tensión racial fue bastante obvia.

Donald Trump ha dicho de todo, incluso ha hablado sobre el estado socioeconómico de Atlanta. Hace un año, el mandatario expresó su opinión en torno al liderazgo del veterano activista por los derechos civiles, John Lewis: “El congresista Lewis debería pasar más tiempo arreglando y ayudando a su distrito, el cual está en pésimas condiciones y cayéndose a pedazos (ni mencionar que está infestado de crimen) en lugar de quejarse por los resultados de las elecciones”. Los políticos han formados sus carreras perpetuando narrativas como la guerra contra el narco, las minorías y el crimen, por medio del lenguaje codificado (como ejemplo véase a Nixon, Reagan y a otros 41 presidentes más), cuya jerga es pocas veces accidental. ¿Una ciudad “infestada de crimen” donde el 60 por ciento de las personas pertenecen a minorías? Cuánta originalidad. La noche del lunes, como muchas otras veces en la historia estadounidense, la negritud se celebró en el terreno de juego, puesto que los jugadores de ambos equipos son predominantemente de raza negra.

La actuación de Kendrick bien pudo haber sido el evento más anticipado del año. Hizo que prestara atención —para alguien como yo que no siente interés alguno por el deporte—a un partido de futbol americano durante dos horas. No fue por el partido en sí, sino por el significado detrás de la presencia de Kendrick en un partido de futbol americano en pleno 2018. Su arte ha sido curada meticulosamente, deliberada e impactante en su mensaje que busca lo mejor y lo peor de la cultura negra. Esperé a que sucediera algo. Mínimo una mención de Trump o verlo cantar “Alright” arriba de una patrulla. Si hay alguien indicado para hacerlo ese es Kendrick Lamar. Desde hace un año, la sociedad estadounidense parece haber estado esperando a que alguien dijera “algo”, alguien con suficiente valentía para criticar al presidente en un escenario mundial. Parte de mí fue un poco inocente al creer que la actuación de Kendrick descubriría la herida que esta administración abrió desde la era Obama. Su trabajo como un animador no debería cargar con todo el peso, porque después de todo Kendrick es un navegante más en este mundo como nosotros. A lo largo de los años, Kendrick se ha convertido en la voz de los que no la tienen. El lunes por la noche esperábamos que esa voz dijera algo, porque en el último año todos nos hemos estado un poco roncos.

Kristin Corry escribe en Noisey. Síguela en Twitter.