Quantcast

Last.fm era la única red social de música que tenía sentido

Nos adentramos en el auge y la caída de Last.fm, la red social que comprendió cómo funciona la música en línea y combinaba a Facebook, Songkick, Blogspot y Spotify.

Elia Alovisi

Elia Alovisi

Logo de Last.fm. 

Este artículo fue publicado originalmente en Noisey Italia.

Mi primer perfil en Last.fm fue "Nergal-Behemoth," en honor a la canción de mi banda polaca de death metal favorita. La primera vez que hice scrobbling, el 21 de febrero de 2006, fue con las canciones "Africa" de Toto y "Electric Crown" de Testament. No lo supe en ese momento, pero los teclados —suaves como terciopelo— habían destruido mi fe en el Dios del Metal. Conforme el tiempo pasó, comencé a escuchar música folk y luego clásica, psych y rock progresivo; me obsesioné con Johnny Cash, pasé por una fase en que parecía un fanático de De André; empecé a descubrir la música emo, la electrónica, el indie y el hip-hop, para después adentrarme de nuevo en la música clásica y en el pop. Y como siempre mantuve mi cuenta de Last.fm activa, el día de hoy puedo estudiar cómo he escuchado música a lo largo de mi vida. Día tras día, canción por canción.

Entre dos perfiles, el mencionado Nergal-Behemoth y el siguiente "EliaSingsMiFaMi" (dedicado a ese genial álbum), escuché 164,624 canciones. He escuchado a Sufjan Stevens 1864 veces, Drake 1120, Kanye West 1058 y a Caneda 985. Cuarenta veces —mucho más de lo necesario— las notas de "Follow the Reaper" de Children of Bodom entraron en mis oídos, mientras que no me arrepiento de las 48 veces que escuché el ambiente cristalino de "Requiem For The Static King Part One" de A Winged Victory For The Sullen. Si no hubiera leído los comentarios y mensajes que recibí en mi perfil, quizá nunca hubiera conocido a algunos de mis amigos más cercanos. Si no hubiera entrado al sitio para ver las novedades diarias, no tendría una lista de todos los conciertos a los que fui desde el 2006. Pero el tiempo pasa, y lo único que queda es la promesa hecha por Last.fm de una democracia musical basada en compartir e intercambiar; una promesa que no ha podido sobrevivir y fue aniquilada por la evolución del mercado musical y por la economía de Internet.

Last.fm nació poco después del inicio del milenio como la unión de dos proyectos. El primero fue la idea de Richard Jones, un inglés que desarrolló, para su tesis de licenciatura en Ciencias de la Computación, un proyecto llamado Audioscrobbler: un complemento que rastreaba todas las canciones que escuchas en la computadora cuando lo instalas. La información reunida —las canciones del scrobbling— se subía luego a una base de datos en línea, misma a la que los usuarios podían acceder y crear una biblioteca personal con su historial musical, la cual podían comparar con otros usuarios. El segundo proyecto, Last.fm, era una radio web creada por un grupo de alemanes y austriacos que usaban el mismo programa para valorar el gusto musical de cada uno, utilizado un algoritmo con dos botones que podía accionar el usuario para expresar un juicio positivo o negativo sobre la canción que estuviera escuchando. Jones y los chicos de Last.fm comenzaron a colaborar en 2003, y para 2005 se unieron en un sólo sitio web. Le otorgaron a los usuarios la habilidad de incluir canciones en su scrobbling de diferentes usuarios. Fue el principio de una experiencia musical única y colectiva, una que parecía imposible de repetirse en el futuro.

Screenshot de mi perfil en 2007. Por suerte, Last.fm ha inmortalizado el momento cuando descubrí Impaled Northern Moonforest, la mejor banda de la historia.

En la época en que el sitio floreció, el mercado musical de la década anterior no estaba preparado para la revolución fundacional que trajo Last.fm. Los guardianes tradicionales del contenido —las compañías discográficas, las revistas impresas, el radio y la televisión— siempre se dirigían a un público con menos forma y moldeaban los gustos de su audiencia a través de entidades de uso y críticas comerciales desde arriba hacia abajo, consolidados en las décadas anteriores. El público que no se identificaba con este enfoque escalonado se unió en comunidades en línea como foros para crear, en menor escala, una democracia musical que funcionase de manera horizontal.

Incluso dentro de foros de discusión existían estructuras de poder, definidas por los administradores y por el número de publicaciones que un usuario realizaba a lo largo de un año; un símbolo de autoridad ganado por la permanencia. En lugar de disfrutar un flujo de contenido sobre varios temas musicales, los participantes se unieron y crearon comunidades equipadas con sus propios valores, códigos de comunicación y gustos musicales que se construyeron de manera colectiva a través del tiempo. Last.fm capturó este espíritu, lo aprovechó a la perfección e hizo que sus usuarios sintieran que estaban jugando un papel importante en la creación de un discurso musical común.

El sitio funcionaba como un museo musical personal ("¡Aquí tengo todo lo que escuchaba!”) un tanto basado en la competencia ("¡Mira cuántas bandas he escuchado!") y el reconocimiento ("Escuchas lo mismo que yo, igual somos compatibles"; incluso existía un medidor de compatibilidad que valoraba cuántas cosas tenías en común con otros usuarios). La estructura del sitio alentaba ese tipo de interacciones: a todo podías darle click, estaba organizado, actualizado y era accesible en tiempo real. La idea no era aplicar esta estructura a un catálogo de música, sino a un ecosistema desorganizado de archivos MP3 en la computadora de un individuo. De esta manera, incluso si copiabas el demo de una banda local, podías encontrar a otras personas que también lo escucharon en la página del artista y hablar con ellos.

Esos intercambios eran un factor determinante detrás de los varios métodos de comunicación de la plataforma: una sección de comentarios en cada página de artista y en el perfil de cada usuario, un servicio de mensajería privada y la capacidad de crear grupos. Como era un sitio para personas apasionadas de la música –y por tanto, intrigados por otra gente que compartía la misma pasión— no era extraño que las amistades y los amores nacieran entre uno y otro scrobbling. No era tan raro encontrar el perfil de alguien que escuchaba esa bandita post-punk que se desintegró después de su primer EP, esa que te encantaba y caer rendido ante el avatar de 180 x 180 pixeles. Lo que podía comenzar con un "¡Oye, me encanta tu librería!" podía convertirse en una conversación enorme en sus respectivas bandejas de entrada y posiblemente terminar en algo más.

Last.fm predijo la transformación en línea hacia un método hiperfragmentado y especializado. Nadie escogía la música que escuchabas: tú eras la persona creando una transmisión personalizada comenzando con un artista, una etiqueta o el perfil de otro usuario; luego ajustabas el algoritmo hasta conseguir una canción agradable para tus oídos. No estabas obligado a insertarte en el discurso general; en cambio, podías hacer conexiones con personas que escuchaban música que te interesaba, en un ambiente en línea diseñado para fomentar las micro-conversaciones. También existía un elemento bloggero, mismo que ha desaparecido con el tiempo: cada usuario podía crear un diario personal, el cual promovía gran variedad de publicaciones adoptadas por otros perfiles (encuestas, listas, consejos). "Todos los conciertos a los que he ido" era uno de los más populares, aprovechando una función que también dejó de usarse con el tiempo: eventos que podían añadir y actualizar los usuarios directamente y buscar con parámetros geográficos.

Un screenshot de mi perfil en 2009. También hay un link a mi Netlog, con una cita del cantautor siciliano Vasco Brondi al inicio de la sección "About Me". Tenía 18 años. Pero abajo están los GY!BE, o sea.

El año dorado de Last.fm fue 2007, cuando fue adquirido por CBS. La inversión de la red fue planeada con poca anticipación —un año más tarde, Facebook (que apenas se parece a su versión actual) experimentó un boom de popularidad y comenzó a dominar Internet. Los problemas de Last.fm empezaron unos años después, cuando sufrió su primera crisis de medios grave: en 2009, No Line On The Horizon de U2 apareció en línea de manera prematura. TechCrunch acusó a Last.fm y CBS de haber ofrecido a la Recording Industry Association of America (RIAA), una organización que salvaguarda los intereses de la industria musical (y peleó con los servicios peer-to-peer y de torrent durante años), la información personal de todos los usuarios que escuchaban las canciones de álbumes antes de sus fechas de lanzamiento.

Tanto el sitio web como la red lo negaron, pero diferentes usuarios cancelaron sus cuentas en señal de protesta. Después de haber sido adquirida por un agente importante en el mercado de medios, el sitio se transformó en algo completamente diferente y menos libre. Incluso en 2007, la radio comenzó a cobrar una tarifa de membresía de 3 euros en todos los países menos Alemania, Estados Unidos y Reino Unido. Eliminaron la posibilidad de transmitir canciones individuales en su totalidad, sustituyéndolas por vistas previas o canciones muestra seleccionadas por los artistas. Todo el cambio cortó las alas de muchas bandas pequeñas e independientes que buscaban visibilidad. En 2013, la radio se amplió por primera vez, luego transmitía en varios países de manera exclusiva, para más tarde ser sustituida por una serie de videos de YouTube y por la extinta sociedad con Spotify; una derrota admitida para el servicio streaming del sitio, claramente destruido por el peso de la competencia, que ya era demasiado fuerte y organizado para que pudieran seguir el ritmo.

Todo esto se vio empeorado por una serie de rediseños que afectó a los usuarios más antiguos de la plataforma. Los perfiles se volvieron más monótonos y menos personales, lo cual hizo sentir a Last.fm como un sitio estéril en general. En donde solía estar la sección "About Me", a la izquierda de la página, donde cada usuario podía llenar de letras e imágenes (era muy común hacer PNGs enormes con el logo de tu banda favorita, como una insignia de orgullo encima de letras de canciones, un link a tu blog o una lista de los últimos conciertos a los que fuiste), hoy en día un usuario sólo puede subir una imagen de perfil o un link, y hasta 200 caracteres de texto sin ninguna opción de formato.

Un screenshot de mi perfil hoy en día. Nota lo vacío que está. Todo el espacio en blanco es porque tengo AdBlock activado, supongo.

Por desgracia, el éxito de Last.fm coincidió con el momento en que la música en línea cayó presa de estrictas regulaciones. Primero ocurrió la represión de servicios como eMule, Limewire y Bearshare (pero Soulseek no), lo cual representó una sentencia de muerte para los servicios RAR como Megaupload, Rapidshare y Mediafire; que después culminó en un intento por matar los torrents. Antes de que los servicios de streaming contemporáneos como Spotify, Apple Music y YouTube llegaran y se volvieran la norma —trayendo consigo la presencia constante de una señal 3G o WiFi—, descubrir la música significaba bajarla y construir un tesoro personal de archivos. Last.fm era el servicio que había saciado esta necesidad, permitiendo a sus usuarios descubrir nueva música y, después de una búsqueda genérica como "[NOMBRE DEL ARTISTA] [NOMBRE DEL ÁLBUM] blogspot megaupload", aparecía en tu historia de scrobbling.

Hoy en día, Last.fm tiene muchas dificultades generando ganancias. Quizá porque ya no sirve a un propósito además de enlistar lo que escuchan sus usuarios. Ya no es un catalizador para las discusiones y eventos, dado que existen Facebook y Songkick; tampoco está la necesidad de tener una radio personalizada gracias a las recomendaciones por algoritmos en varios servicios de streaming. Al final, la industria de la música a la que Last.fm hacía frente ya no tenía el poder de crear músicos famosos a partir de artistas locales humildes, tampoco podía dirigir el gusto del público: hoy en día, las compañías sólo adquieren, a través del nombre de un artista, una comunidad preexistente de fans que el artista se ganó solo. Last.fm no jugó un papel importante en la transformación de este paradigma, tal vez porque nunca encontró la manera de florecer económicamente. Invertir en el concepto de una radio por Internet personalizada y decidir cobrar una tarifa por el mismo, resultó ser una decisión poco inteligente en un ambiente donde la música prácticamente era gratis y accesible a través de cargas apenas legales en YouTube y el alza de servicios de streaming.

"La idea de crear un espacio tan personalizado en Internet funciona como contrapeso a la ‘mentalidad de masas’ de los tops e invita al usuario a orientarse de forma autónoma, distanciándose de la mentalidad tradicional del consumidor", escribió en 2006 Europrix.org, una entidad que premia los mejores productos multimedia de Europa cada año. "El usuario decide, criticar y por tanto selecciona la música mejor adaptada a sus gustos o humor. De esta manera, Last.fm siempre será relevante". Quince años después de su fundación, "relevante" no es la palabra más adecuada para describir la actuación de Last.fm en el panorama de los medios digitales. Es más el vestigio de un momento apasionado de la experiencia en línea, una era diminuta de libertad rebelde cuando descubrir música no era una cuestión de algoritmos sino una empresa personal o una misión compartida.

Sigue a Noisey en Facebook.